Vargas leyendo

Gente que quiera saber cómo lee Mario Vargas Llosa, o cómo empezó a leer y siguió leyendo, tuvo el último domingo 5 de abril una buena oportunidad si leyó el artículo que publicó en su Piedra de toque de EL PAÍS sobre el hermano Justiniano y su fértil iniciación a la lectura. Ese es un artículo delicioso, de sus mejores piezas de periodismo literario. Los que decidieron dejar de leer (o eso dijeron) a Vargas Llosa por, eso dicen, sus ideas políticas, se pierden ocasiones así, abundantes desde que empezó a compartir lo que iba leyendo. Uno de los libros en los que condensa su maestría de lector es La verdad de las mentiras, que con El pez en el agua forman parte de mi lista de preferencias de todo lo mucho que él ha escrito.

Antes, una pequeña crónica de Vargas leyendo. Los que lo hayan visto en los aviones sabrán que, físicamente, lo hace como si no hubiera mundo alrededor. Como le afecta el miedo al avión (como a su colega Gabriel García Márquez), se pertrecha con un libro abierto ante la ventanilla y así diluye por completo el paisaje del exterior. Se enfrasca, pues, aplicado como el buen estudiante que fue. Lleva un bolígrafo, siempre el mismo (¡mataría por ese bolígrafo!), y toma notas en una libretita. Su letra, como en las dedicatorias, es clara, como ya pensada, y rápida, lista para ser impresa. Su concentración es máxima, porque su memoria le ayuda, de modo que, años después de leído, es capaz de recitar párrafos de un libro como si acabara de terminarlo. Ha mantenido una costumbre que, sin duda, le ayudó, por ejemplo, a escribir La verdad de las mentiras: al final de cada ejemplar le pone nota a lo que acaba de leer. Así aprueba o suspende los libros, y escribe unos párrafos con su parecer.

Al final de cada ejemplar terminado, le pone nota a lo que acaba de leer. Así aprueba o suspende los libros, y escribe unos párrafos con su parecer

Como lector de avión tiene muchas anécdotas, pero hay una que ha contado varias veces, de modo que es pública. Al buen lector le interesa lo que el otro va leyendo. Así que, como cualquiera, él se fija en la lectura del pasajero de al lado. En un largo viaje transoceánico coincidió en el asiento de al lado con su colega Camilo José Cela. En el trayecto el gallego iba riendo a carcajadas mientras leía su ejemplar forrado. Vargas Llosa no podía adivinar ni título ni autor, hasta que Cela decidió ir al baño y dejó atrás el objeto de sus regocijos. Vargas Llosa supo entonces la razón de las carcajadas. Camilo José Cela iba leyendo Viaje al Pirineo de Lérida, de Camilo José Cela.

Una nota más sobre su curiosidad de lector esponja. En la última FIL de Guadalajara (México) coincidió con un amigo suyo en los desayunos del Hilton. Ese amigo (contó el propio Vargas en un artículo sobre las consecuencias literarias de ese encuentro) lo conminó a leer El encargo, el libro en el que el abogado Javier Melero cuenta su experiencia como defensor en el proceso del procés. Vargas Llosa agarró el libro con mucha reticencia. “Dudo que lo vaya a leer”. Esa misma noche lo empezó a leer. Su artículo sobre ese libro, las circunstancias de su lectura y su entusiasmo por los hallazgos casuales a los que está dispuesto señalan que aquel lector que se hizo con el hermano Justiniano no ha dimitido de su curiosidad sino que la ha acrecentado.

Una obra mayor de esa combinación de vocaciones que es su manera de afrontar los libros es La verdad de las mentiras, en el que visita libros que sirven para un confinamiento o para una alegría, y que él reconstruye, como lector, con la agilidad mental habitualmente pródiga en los lectores inteligentes. Es, en lengua española, el libro sobre libros que más he apreciado, porque es consecuencia del entusiasmo y no de la cicatería. No es una colección de lecciones sino una apuesta por cada una de las ficciones que aborda. No es un catálogo de sus conocimientos, sino de lo que aprendió, como lector, en los libros que aborda. Ahí están desde Thomas Mann a Ernest Hemingway, desde Vladimir Nabokov a Saul Bellow

Aquí desarrolla Vargas Llosa su teoría, que es una práctica: escribir ficción es la libertad absoluta, el abrazo de los sueños, la aplicación constante, y exaltante, de la verdad de las mentiras. En su largo, y muy hermoso, ensayo sobre la narrativa de otro maestro de las ficciones, Juan Carlos Onetti, desarrolla esa inteligencia de darle a los sueños escritura para prolongar el placer de haber leído. Ese libro es la consecuencia de un hecho: Vargas Llosa es el escritor hispanoamericano que más ha leído a sus contemporáneos para, además, escribir sobre ellos. Sería imposible, por cierto, hallarlo en un avión leyendo un libro propio, ni en peligro de muerte.

Verdades de las mentiras

La muerte en Venecia Thomas Mann

Dublineses James Joyce

Santuario William Faulkner

El gran Gatsby Francis Scott Fitzgerald

Auto de fe Elías Canetti

El extranjero Albert Camus

No soy Stiller Max Frisch

El tambor de hojalata Günter Grass

El cuaderno dorado Doris Lessing

Opiniones de un payaso Heinrich Böll

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