La cosecha de la cereza, en peligro

“Si no fuera optimista no sería agricultor”, asegura Óscar Moret, responsable de Fruta de Hueso en la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) en Aragón, y productor de cerezas en el Bajo Cinca (Huesca). Es precisamente ese optimismo al que se agarra para encarar la campaña de recogida de la cereza que se realiza entre los meses de mayo y junio, y a la que la aparición de la covid-19 ha situado en un escenario extremadamente delicado.

Aunque el trabajo de recogida entiende poco de distancias de seguridad entre trabajadores (las cerezas se recogen una a una y con las manos), es la contratación de los temporeros y las restricciones de movilidad de esos trabajadores las que emborronan las cuentas de los agricultores. “Nuestro problema es que de las 5.000 personas que tenemos en la bolsa de trabajo un 93% son inmigrantes, y el 90% de ellos se encuentran en situación irregular. De hecho, ni siquiera sabemos cuántos de ellos están en su país de origen —Francia, Rumanía y Marruecos principalmente—, por lo que tememos que vamos a perder entre un 30% y un 40% de la mano de obra”, lamenta Moret, que señala otros aspectos colaterales que dificultan la llegada de trabajadores foráneos. “El problema de la gente que viene de fuera es que con la situación actual por la covid-19 tienen problemas con el alojamiento, porque muchos hostales y albergues están cerrados, además de que no hay bares ni restaurantes abiertos y no tienen ni dónde tomarse un café”, añade. “El problema añadido que tenemos en el mundo rural es que más del 60% de nuestros habitantes son mayores de 65 años, lo que les convierte en población de riesgo y esto complica todo mucho”, sostiene. “Además de eso, es imposible que un agricultor pueda desplazar de uno en uno a 50 trabajadores todos los días”, amplía José Manuel Roche, secretario general de la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA) de Aragón.

Para complicar aún más las previsiones (las 32.559 toneladas recogidas en 2018 siguen siendo el registro más alto de los últimos años), a la pandemia le ha salido un socio inesperado pero siempre presente en este sector: el mal tiempo. La sucesión de granizadas en las últimas semanas en la provincia extremeña de Cáceres han sacudido el Valle del Jerte, núcleo de floración de la cereza española. “La cosecha está perdida. De unos cerezos que podríamos coger 70 u 80 kilos este año cogeremos 20 con mucha suerte”, advierte Jorge Bermejo, agricultor de Navaconcejo. “Este año debido a la crisis del coronavirus la gente no va a poder venir a recogerlas y todo esto se van a echar a perder. Con el incremento de gastos que hemos tenido en las últimos meses (mano de obra, gasoil) todo están siendo son pérdidas”.

“Eslabón muy importante”

“Nos ha dejado un escenario desolador. Toda la cereza está dañada. La que no tiene manchas está rajada, y hay muchas que están pochas”, se suma María José Blázquez, agricultora a título principal y regente de una explotación en el Valle, que deja abierta otra vía por la que aumenta la hemorragia. “Además hay mucha gente que no tiene sus explotaciones aseguradas, o que tienen un porcentaje de franquicia bastante alto. Nosotros tenemos una orografía un poco complicada y por ello cultivamos la cereza artesanalmente. Son bancales, no hectáreas en las que puedes metes maquinaria, por lo que los gastos no se duplican, se triplican. Me gustaría que las administraciones tuvieran en cuenta que este problema se sucede todos los años, aunque este año más que nunca tienen que mirar para el campo”.

Las reivindicaciones de los agricultores se agarran a su condición de sector primario para concienciar de la verdadera dimensión del problema. “Somos un eslabón muy importante”, se queja Blázquez. “Mucha gente habla de que una vez que acabe esto tanto al personal sanitario como a los agricultores, por ser quienes seguimos manteniendo la cadena de alimentación, nos van a dar una medalla. Yo siempre digo lo mismo: espero que no sea a título póstumo”, completa Moret, que no se olvida de la reivindicación primaria que ha llegado a cabo el sector en los últimos años: la rentabilidad de toda la cadena de producción, y no solo del vendedor final. “Hay muchos agricultores que están muy cansados. Venimos de cuatro campañas de poca rentabilidad, y hace dos años la de la cereza fue durísima. Muchas explotaciones están endeudadas, y lo que tenemos que conseguir es recuperar la rentabilidad, porque en esa cadena quienes se la están llevando son los vendedores finales como las grandes superficies”, recuerda.

A la campaña de recogida de la cereza le seguirá después la del melocotón y el albaricoque, para la que aunque la lluvia de una tregua las perspectivas desafían al optimismo más arraigado.

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