Paz tensa entre capitales y regiones europeas

La primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, guarda un minuto de silencio por los sanitarios víctimas del coronavirus, en Edimburgo, este martes.La primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, guarda un minuto de silencio por los sanitarios víctimas del coronavirus, en Edimburgo, este martes.POOL / Reuters

El entramado institucional europeo amenazaba con convertirse en un polvorín de órdenes cruzadas entre Ayuntamientos, regiones y Gobiernos centrales en plena emergencia sanitaria. La sangre no ha llegado al río. En la mayoría de Estados se ha evitado la guerra abierta, y solo desencuentros puntuales en torno al uso de mascarillas, la desescalada del confinamiento o la compra de test han agrietado el espíritu de lealtad que predomina entre las Administraciones de las grandes potencias europeas.

Con excepciones. La relativa paz territorial no significa que la pandemia haya servido para destensar las relaciones que ya venían dañadas de serie. Las tiranteces entre la Generalitat y Moncloa sobre la gestión del coronavirus han tenido su réplica más o menos similar en Italia, donde sigue la gresca entre el Gobierno y la Liga, que gobierna en Lombardía, la región más afectada.

Reino Unido

Las llamadas “cuatro naciones” del Reino Unido (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte) se han comportado con una relativa lealtad en la respuesta a la crisis del coronavirus. Cada una de ellas tiene su propio sistema público de salud, pero las reuniones de coordinación de los cuatro Ministerios de Sanidad han funcionado de modo fluido y eficaz. A principios de marzo surgió un enfrentamiento entre la administración galesa y Londres, a cuenta de un pedido de test a la multinacional farmacéutica Roche. Cardiff, capital y sede del Gobierno autónomo, cerró un contrato para obtener 5.000 PCR diarios, pero la empresa concedió prioridad al encargo del Gobierno central, de un volumen muy superior. Finalmente, el órgano coordinador de los cuatro territorios decidió, con el acuerdo de todos, que el sistema de compras funcionaría de modo centralizado.

Las discrepancias procedentes de Escocia, gobernada por el Partido Nacional Escocés (SNP), han sido más políticas que reales, por la necesidad de la ministra principal, Nicola Sturgeon, de marcar un discurso propio. Se adelantó a Londres al recomendar el uso de mascarillas en tiendas y en el transporte público —el Gobierno central aún no se ha pronunciado—. También en elaborar un borrador con los primeros esbozos de lo que debía ser la estrategia de desescalada del confinamiento. Y prometió a los ciudadanos que los trataría “como a adultos” a la hora de informarles de cada paso. Su mensaje, aplaudido incluso por el ala dura del Partido Conservador, chocaba con los esfuerzos del Gobierno central de esquivar ese debate, temeroso de que la ciudadanía comenzara a relajarse en el cumplimiento de las estrictas medidas impuestas. En su reaparición después de la convalecencia por la covid-19, Boris Johnson lanzó un mensaje implícito sobre su voluntad de que “todo el Reino Unido” saliera de la crisis al mismo tiempo.

Alemania

El catálogo de medidas que los Estados federados alemanes es estos días un complejísimo organigrama con diversas fechas y grados de aplicación. En Alemania, en virtud de la ley que regula el combate contra las infecciones, son los Länder los que diseñan e implementan las medidas de contención. El Gobierno federal coordina y trata de marcar una línea común. Así por ejemplo, en Alemania la mascarilla ha pasado a ser obligatoria desde el lunes en los comercios y el transporte público, pero Berlín se desmarcó inicialmente del requisito de las tiendas, al que el martes finalmente accedió y Schleswig-Holstein no empezará a aplicarlo hasta mediados de semana. Hay Estados federados que impondrán multas y otros que no.

Pero al margen del detalle y de la concreción de las medidas, hasta ahora, los Estados han logrado unificar unas líneas generales de ámbito nacional. Eso no quiere decir que no haya habido de por medio tensiones entre los Länder más aperturistas y los más estrictos. En parte porque la propagación del virus y la situación económica de cada Land difiere enormemente. Pero también, porque los dos Estados con posiciones más distantes, Baviera y Renania del Norte-Westfalia, están dirigidos por políticos que rivalizan más o menos abiertamente por el liderazgo del centro-derecha alemán.

Italia

La crisis del coronavirus ha agudizado las vejas tensiones entre las regiones del norte de Italia y el Gobierno central en Roma. La batalla principal del Ejecutivo se ha librado con Lombardía, la región con mayor número de contagios (73.479) y muertes (13.449), gobernada por la Liga. Los errores cometidos y la lucha soterrada que mantiene el Gobierno con Matteo Salvini han provocado grandes fricciones y acusaciones cruzadas de mala gestión.

El modelo territorial de Italia no se acerca al nivel de transferencias autonómicas de España. Pero la Sanidad es competencia exclusiva de las regiones. Sin embargo, el gobernador de Lombardía, Attilio Fontana, siempre ha reprochado a Roma que actuase mal y tarde, omitiendo que los principales focos se produjeron en hospitales públicos. A pesar de ello y de que la curva de contagios sigue muy por detrás de la media italiana, la región ha intentado adelantar el desconfinamiento para contentar las exigencias de los empresarios e industriales del norte.

Francia

La mejor muestra del fuerte centralismo que rige en Francia es el hecho de que prácticamente todos los franceses, representantes nacionales, regionales y locales incluidos, se enteraron de que el desconfinamiento comenzará el 11 de mayo cuando el presidente, Emmanuel Macron, lo anunció en un discurso televisado el pasado 13 de abril. Las decisiones las toma París y las cumplen las regiones a través de las órdenes recibidas por los prefectos, que son funcionarios del Estado y no políticos elegidos en unos comicios.

Ello no quita que haya habido tensiones, sobre todo a nivel municipal. Como cuando el alcalde de Niza, el conservador Christian Estrosi, rechazó los llamamientos a la cautela emitidos por el Gobierno y anunció que iba a ordenar la puesta a disposición del público en farmacias de la cloroquina, el tratamiento contra el paludismo que un reputado pero controvertido médico en la vecina Marsella, Didier Raoult, preconiza como remedio efectivo contra la covid-19 a pesar de que no se han realizado suficientes pruebas. Alcaldes como Estrosi también han cuestionado duramente la lentitud del Gobierno central de hacer obligatorio el uso de mascarillas (todavía no lo es) a toda la población, que él sí quiere imponer en su ciudad cuando comience la desescalada, según ha adelantado.

Se antoja complicado. Cuando el alcalde de la localidad de Sceaux, Philippe Laurent, quiso imponer este mes por decreto la obligación de taparse nariz y boca —con mascarilla o un pañuelo— para salir a la calle, la justicia le paró los pies. En su respuesta —rechazando la apelación de Laurent—, el Consejo de Estado fue taxativo al recordar que “la ley de emergencia del 23 de marzo de 2020 confió al Estado la responsabilidad de dictar las medidas generales o individuales de lucha contra la covid-19, en vista, especialmente, de garantizar su coherencia y eficacia en todo el territorio”.

La mayor autoridad administrativa del país fue más allá aún del caso de Sceaux y, con vistas a cortar alas a otros potenciales regidores rebeldes, subrayó en su decisión que “si bien los alcaldes pueden contribuir a su buena aplicación, no pueden tomar otras medidas específicas a menos que, por un lado, haya razones imperiosas ligadas a circunstancias locales que las hagan indispensables y, en cualquier caso, a condición de que no comprometan la coherencia y eficacia de las medidas decididas por el Estado”.

Bélgica

En Bélgica, un estado ampliamente descentralizado, los presidentes de sus cuatro regiones (Flandes, Valonia, Bruselas y Comunidad Germanófona) participan en las reuniones del Consejo Nacional de Seguridad, el órgano que toma las decisiones sobre la crisis. Todos ellos comparecen juntos al acabar y toman la palabra junto a la primera ministra, la liberal Sophie Wilmès. Las tensiones entre flamencos y francófonos han provocado en el pasado largos periodos de Gobiernos en funciones por la falta de acuerdo para pergeñar coaliciones. En la emergencia sanitaria, esas fricciones han reaparecido esporádicamente y han sido de baja intensidad, lejos de generar una guerra abierta.

El presidente flamenco, el nacionalista Jan Jambon, no ha reclamado una gestión asimétrica. Al contrario. Cuando la crisis comenzaba, pidió al Gobierno federal que coordinase los pasos a seguir. “Mismas medidas para la misma amenaza”, dijo. Su mayor desacuerdo llegó con la decisión del Gobierno federal de cerrar las escuelas, por el temor a que los abuelos, grupo de riesgo, asumieran el cuidado de los menores y resultaran contagiados. La primera ministra cerró la discordia permitiendo a los centros abrir para recibir a los niños que solo tuvieran como opción quedar al cuidado de sus abuelos.

Con información de Rafa de Miguel, Ana Carbajosa, Daniel Verdú y Silvia Ayuso.

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