Las obras de arte que decidimos dejar en las rotondas de España

Hay varios momentos cumbre en Todo tiene un precio, el entretenidísimo documental de Nathaniel Kahn sobre los tejemanejes del mercado artístico. El mejor es uno en el que la directiva de Sotheby’s Amy Cappellazzo y el megacoleccionista Stefan Edlis charlan sobre una escultura de Jeff Koons, el artista vivo más cotizado del mundo, plantada en el vestíbulo de la sede de IBM en Nueva York. Según ellos, algo así es fatal para el artista que firma la pieza. “En un lobby la magia desaparece”, dice Cappellazzo. “Una vez entras en ese grupo, ya no sales de él”, remata. Ese grupo. Los artistas de vestíbulo.

De lo que preserva o destruye la magia del arte se ha escrito largo y tendido, pero, que sepamos, sobre la categoría arte de lobby queda todo un corpus académico por levantar. Y no hay vestíbulo, descansillo o sala de espera que acabe con un gran artista. Otra cosa es la fatalidad: entre las víctimas de los atentados del 11-S se cuentan una gran escultura de Calder y un tapiz de Miró, dos de las obras que decoraban las Torres Gemelas. Y nunca olvidaré el impacto de ver en la sede barcelonesa de Caixabank ese otro tapiz monumental de Miró con el logo de la entidad financiera. Arte de vestíbulo en su mejor expresión, y un despliegue de poderío como he visto pocos.

Con salvedades como esa, España nunca ha sido tan dada como Estados Unidos a intervenir artísticamente recepciones y demás espacios neutros. A cambio, hemos contribuido con entusiasmo al género del arte para rotondas. En los días dorados de la burbuja económica todo municipio que se preciara quería, y obtenía, su rotonda escultórica. Y esta fiebre sí que contribuyó a empañar el prestigio de nombres como Manolo Valdés o Rafael Canogar. Hace poco, una asesora de coleccionistas se refería con humor y añoranza a los tiempos en que las meninas de bronce de Valdés prácticamente se vendían solas, sin atender a pequeñeces como su precio astronómico y tamaño desmesurado.

Ahora que tantos grandes proyectos inmobiliarios están detenidos –de las rotondas ni hablamos–, algo habrá que inventarse para reemplazar al arte de lobby. Entretanto recordemos que, desde el confinamiento que impone esta etiqueta, Jeff Koons se cobra a buen precio su falta de libertad. Y esa es otra forma de magia.

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