Las cosas son así

Esta es la historia de unas vacaciones muy especiales. Es un relato autobiográfico que cubre cinco años de la vida de Ana, una muchacha que, en 1914, es enviada, acompañada por su tía, a pasar unas vacaciones en Tiflis, donde viven sus tíos ricos, Alekos y Claude, su esposa francesa. La invitan a pasar un mes con ellos y se conviene con su familia que la muchacha embarque en Constantinopla, donde vive, hasta Batumi, un puerto del mar Negro, donde su tía Claude la recogería para hacer un viaje de vacaciones camino de Stávropol, donde ella debía visitar a una amiga. En Batumi, en medio del tumulto de una ciudad fronteriza, Ana pierde de vista a su tía, y tras dos meses sobreviviendo penosamente, consigue llegar a Stávropol, una ciudad rusa de provincias, donde logra dar con la amiga de su tía, Madame Fourreau; pero queda aislada allí debido al comienzo de la Primera Guerra Mundial y a la revolución rusa de 1917. Cinco años después, en 1919, tras soportar los rigores de la guerra mundial y el enfrentamiento civil ruso entre blancos y rojos, conseguirá regresar a su Constantinopla natal.

Este es no sólo un relato autobiográfico, sino, además, costumbrista, lo que a priori hace pensar que no cabe esperar de él una narración de altos vuelos; y no lo es: es algo distinto, es una de las novelas más encantadoras, entretenidas y seductoras que he leído en bastante tiempo, la compañía ideal de unos días de vacaciones aunque no precisamente en el Cáucaso.

En primer lugar, me gustaría llamar la atención sobre el tono: Stávropol “era un lugar ideal para llevar y avecindar a los parientes de tu marido, sobre todo si entre ellos hay una sobrina engorrosa encaprichada con ir a costosos colegios y universidades. Déjala abandonada en Stávropol y quédate tranquilo. Si sabe alguna lengua extranjera, podrá ganarse el pan sin mayor dificultad porque la gente de la provincia está ávida de aprender idiomas y no hay una sola escuela extranjera. Con el tiempo ella también se petrificará, olvidará y será olvidada, como ocurría con todas las maestras fuereñas”. Lo importante de esta cita es que esa voz llana es la de Ana, y su alter ego, la autora, ha tenido el acierto de contar su peripecia en ese tono, que es el contrario al de casi todas las autobiografías porque, por lo general, en ellas el autor acostumbra a aplastar el relato con su presencia como protagonista exclusivo y, en cambio, María Iordanidu pone una decidida y eficiente distancia entre ella y ella misma en favor del relato y no de sí misma.

En segundo lugar, esa voz narradora consigue hacer desaparecer a la autora por detrás de la peripecia del personaje. En esos cinco años se vive una doble tragedia (las dos guerras) en la que el tono bienhumorado, propio de una persona que no alcanza a comprender y asumir el desastre sino sólo a sufrirlo por su condición de joven, es un hallazgo y se apoya en el costumbrismo para usar una suerte de humor cotidiano capaz de aliviar la dureza de la vida en una situación extrema. Así, por ejemplo, el caos revolucionario, que oscila expresivamente entre el humor y la tragedia.

Véase este ejemplo de escritura que define el estilo del relato: “Aquel año el otoño llegó antes de tiempo y el invierno resultó más duro que el anterior, porque esta vez no tenían nada. Y es que las cosas son así”. Cuando alguien sabe encandilar a un lector con esta sencillez y posee el don de captar siempre lo significativo tanto de la vida corriente como del horror de una contienda civil, se merece escribir un libro tan hermoso como éste.

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Autora: María Iordanidu.

Traducción: Selma Ancira.

Editorial: Acantilado, 2020.

Formato: tapa blanda (208 páginas, 14 euros).

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