Un vino entre dos mares y suelo volcánico

En un mundo en el que la energía no nace ni muere, solo se transforma, la muerte significa cambio, no desaparición. El bodeguero Ernesto Cattel pensó que una tierra afortunada por la presencia de dos mares (el interior, el dulce lago de Garda; el exterior, el Mediterráneo salado de Venecia) y un origen volcánico merecía vinos auténticos. Eso significa Móz: moscatel con un poco de glera (la uva del prosecco) sin artificios (“moscato senza fronzoli”) y con el don de la inmortalidad, pues lleva dos vendimias en la botella. La primera es la de las uvas que se transforman en vino. La segunda, la de una parte de esas mismas uvas, pasificadas, que provocan en la botella el nacimiento de burbujas naturales. Los jardines de Alejandría olieron a Móz 2018: rosas silvestres, agua y pétalos. Flores de azahar y de limonero en una primavera húmeda y fresca. Bergamota y pomelos, tierra y astringencia. El espíritu de Oriente revive en la copa: viajes, especias y esquejes, sabiduría y atrevimiento. Cattel murió en 2018, pero su espíritu sigue vivo. —eps

Costadilà, Móz 2018

  • Vino frizzante da tavola, 10,5%. En Vo’ Euganeo (entre Padua y Verona), la viña volcánica vive con la influencia del lago de Garda y la laguna de Venecia. Las uvas blancas moscato fior d’arancio y glera son trabajadas en ecológico, pisadas y fermentadas con sus hollejos durante 10 días. El vino reposa 5 meses en acero con sus lías finas. Antes de embotellar, se le añade mosto de las mismas uvas, ya pasas. Con ese azúcar, el vino refermenta en la botella, sin sulfitar, estabilizar ni clarificar: de aquí nacen sus burbujas. Precio: 15,15 euros.
  • Sensaciones. Con matices pero sin retórica vana, el corazón de la uva vive en las esferas mínimas de este espumoso lleno de campo y tradición.
  • A través del cristal. Sobre una bandeja de metal dorado, vasos de cristal en malva y oro. Todo de Luzio.

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