El Rey que supo leer el viento de la historia tras la muerte de Franco

Tras el colapso de la dictadura de los coroneles griegos y la revolución de los claveles en Portugal, solo la España franquista resistía como un tambaleante Estado fascista varado en el pasado, con un dictador evidentemente enfermo, que se acercaba a sus horas finales y que creía haberlo dejado “todo atado y bien atado”. La inmensa mayoría de la sociedad española deseaba vivir en un país democrático, incluidos muchos franquistas convertidos en reformistas, aunque el llamado Búnker ultra mantenía una fuerza importante y estaba presente en todas las esferas del poder. Ese es el panorama con el que se encontró el rey Juan Carlos cuando, tras la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, se convirtió en su heredero. Y supo leer el viento de la historia. “Todos fueron importantes, Torcuato Fernández-Miranda, Adolfo Suárez, Santiago Carrillo, Felipe González…”, explica el historiador Enrique Moradiellos, “pero el rey Juan Carlos fue especialmente importante porque él tenía los resortes del poder. Podía haber frenado, obstaculizado o impulsado la Transición”. Y eligió este último camino.

El proceso de desmontaje del régimen franquista fue coral, laborioso, peligroso, muchas veces improvisado, y su resultado se mantuvo incierto durante meses y años. Como recuerda Moradiellos, militares ultras dieron un golpe de Estado el 23 de febrero de 1981 precisamente porque pensaban que podían revertir todo el proceso. “La democracia no es inevitable, basta con ver lo que ocurre en China o en Cuba. La idea de un progreso universal hacia la democracia es una falsedad. Incluso en algunos países de la UE está en peligro”, señala este investigador, premio Nacional de Historia por Breve historia de la Guerra Civil (Turner).

La Transición no fue, en este sentido, un movimiento inevitable, sino el resultado de un conjunto de decisiones de todo tipo de personajes de casi todas las ideologías, con el impulso indiscutible del pueblo español, que demostró su apoyo a la democracia en elecciones y manifestaciones pese al ruido de sables y a la violencia terrorista de ETA, los Grapo o la ultraderecha. Pero es imposible concebir este periodo sin la figura central del rey Juan Carlos, sin su determinación para ir desmontando ladrillo a ladrillo el edificio del franquismo hasta la votación en referéndum, el 6 de diciembre de 1978, de una constitución que convertía a España en una monarquía parlamentaria equiparable a la de muchos países europeos, por la que el rey renunciaba al poder que le concedió un dictador fascista y gracias a la que España recuperaba las libertades de la II República, perdidas durante la larga noche del franquismo.

“La resolución de la crisis sin derramamiento de sangre a gran escala dependía en buena parte de la habilidad de Juan Carlos, de los ministros que eligiera y de la actitud de los líderes de la oposición”, escribe en El triunfo de la democracia en España (Debate) el historiador británico Paul Preston, biógrafo de Franco y del rey Juan Carlos. “El rey afrontaba un dilema muy grave. Tenía sobrados motivos para favorecer la democratización. Sus consejeros le habían indicado con claridad que varios sectores importantes del capitalismo español deseaban suprimir los mecanismos políticos del franquismo. Asimismo, conocía las consecuencias que había acarreado a la familia real griega oponerse a la corriente de los sentimientos democráticos populares. Tal vez influyeron también en él las declaraciones de su padre. Si optaba con audacia por el progreso, podría asegurarse un apoyo masivo para la monarquía. Ahora bien, conocía la fortaleza, determinación y mala voluntad del Búnker. Y aún más importante de lo que quizá se creyera por aquellos días era su estrecha dependencia de la Constitución franquista y de las instituciones a las que debía su entronización. Por consiguiente, en los primeros tiempos de su reinado Juan Carlos avanzó con suma cautela”.

Algunos movimientos del rey fueron especialmente incomprendidos, como el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno en sustitución de Arias Navarro, un trasnochado franquista opuesto a cualquier cambio que, además, despreciaba al monarca. La opinión de la izquierda quedó reflejada en el titular de portada de la revista Cuadernos para el diálogo, que agrupaba a una parte importante de la oposición de todas las tendencias: “El apagón”. Suárez, secretario general del Movimiento, era visto como un producto del régimen, un puro apparátchik franquista y casi todo el mundo pensaba que era imposible que impulsase el camino hacia la democracia. “Fue un movimiento que en aquel entonces parecía estrambótico”, señala en el Podcast XRey el que luego fuera jefe de la Casa del Rey, Rafael Sporttorno, quien cree que refleja “la intuición política” del rey emérito.

La transformación social y cultural que pavimentó el camino hacia la democracia había empezado ya en los años sesenta, como escribió el historiador Santos Juliá en su libro Transición (Galaxia Gutenberg): “Se había creado un terreno en el que podía cultivarse el diálogo entre grupos hasta poco antes no solo encapsulados en su aislamiento, sino enfrentados a muerte”. El deseo de paz vino acompañado de un anhelo de libertad y el rey Juan Carlos comprendió que de su capacidad para encauzar ese impulso dependía el futuro de la monarquía. La inmensa mayoría de los historiadores y de los protagonistas de la Transición creen que no existió un plan preciso más allá de utilizar las propias leyes franquistas para desmontarlas y buscar la legitimidad en las urnas, con todos los partidos políticos, incluido el comunista, representados. La Transición avanzó como en los versos premonitorios de Antonio Machado que Suárez citó en el discurso de su toma de posesión: “Ni el pasado ha muerto, ni está el mañana, ni el ayer escrito”.

En diciembre de 1989, el gran escritor alemán Hans Magnus Enzensberger publicó en EL PAÍS un artículo que puede ser calificado de histórico por su transcendencia y perdurabilidad: ‘Los héroes de la retirada’. En este texto describía las transiciones en Europa impulsadas por personajes que a veces lucían un pasado dudoso, pero que contribuyeron decisivamente a devolver a la libertad a muchos países. “El lugar del héroe clásico han pasado a ocuparlo en las últimas décadas otros protagonistas, en mi opinión más importantes, héroes de un nuevo estilo que no representan el triunfo, la conquista, la victoria, sino la renuncia, la demolición, el desmontaje. Tenemos todos los motivos para ocuparnos de estos especialistas de la negociación, pues nuestro continente necesita de ellos si quiere seguir viviendo”. Sobre España escribía Enzensberger: “Se trataba no solo de transformar por completo el aparato político, sino también de disponer al Ejército a no moverse; una purga militar habría conducido a una represión sangrienta y probablemente a una nueva guerra civil”. El escritor alemán citaba a Suárez, pero no al rey Juan Carlos, aunque el monarca forma parte sin duda de aquellos héroes de la retirada que devolvieron la democracia al continente en dos oleadas, los setenta y los ochenta, aquellos políticos que tuvieron la intuición para entender que el único camino posible no era el de la libertad, pero sí el único que ofrecía un futuro para todos.

Leave a Reply