En una crisis global, nada mejor que ser fiel a tu tendero

Nada más empezar a escribir estas líneas el cuarto de contadores del edificio donde vive una buena amiga empezó a arder. No pasó nada, solo un susto, calor y mucho humo, pero es una buena metáfora del estado en el que hemos llegado a este mes de agosto. Nuestras casas quieren perdernos de vista tanto como nosotros a ellas. Y hasta que podamos hacerlo, si es que podemos, buscamos subterfugios. En una escapada de mi mesa para hacer un presunto recado –ventajas del teletrabajo–, paré en la librería de viejo de Santa Bárbara, cerca de mi casa en Madrid: un kiosco acristalado con un puesto fuera en medio de una placita. Pocas cosas me gustan más que un libro viejo, sobre todo si es barato, y encontré en el cajón de los restos The original eye, un volumen de 1984 sobre Cecil Beaton, Peggy Guggenheim, Malcolm McLaren y algunos otros “árbitros del gusto del siglo XX”.

Sin guardas, un poco roto, diez euros. Podría ser el típico libro trasto como tengo quinientos, pero di con una joya llena de observaciones ingeniosas, certeras y un poco malignas que analizan el gusto como ese extraño poder que a la vez manifiesta el orden moral de una sociedad. Para hablar de Mussolini y Marinetti, el dictador y el artista de vanguardia que levantaron aquel castillo de naipes llamado fascismo, al autor le basta una foto del estudio del primero: “Como Marinetti, Mussolini venía de un mundo que anhelaba el recio tradicionalismo masculino que vemos en esta foto”.

Nuestro comercio de proximidad sabe pelar pepinos, arreglar zapatos o vender queso, o kiwis, o prensa. La introducción de mi libro nuevo comienza con una orden que le da Diaghilev a Cocteau: “¡Maravíllame!”. El algoritmo de Amazon difícilmente lo hará, pero confíe en su kiosquero

Tamara de Lempicka, admirada pintora de la misma época, no era más que “el equivalente francés de aquel arte seudomoderno que adopta la gente conservadora”. Y sobre Elsie de Wolfe, pionera de la decoración profesional, la visibilidad lésbica y el arribismo: “Una vida extraordinaria y trivial”. A veces, conviene recordar que la felicidad está a una distancia de diez euros, o a la que te separa de tus tiendas de confianza. Y más ahora que el mundo se ha hecho más pequeño y volvemos a hacer recados.

La importancia del pequeño comercio es proporcional a su fragilidad: sus cifras ya eran malas al final del año pasado, por causa de la presión de las grandes cadenas y la venta online, y la crisis de la covid-19 no ha hecho nada por mejorarlas. En este número de ICON hemos inaugurado una pequeña sección, convenientemente llamada Pequeño comercio (descúbrala en la página 56, en breve estará disponible en esta web), donde queremos dar cabida, mes a mes, a aquellos negocios que nos recuerdan que la experiencia que ofrece una tienda es complementaria a las ventajas de las grandes superficies, y absolutamente necesaria.

Y no como cuota de estética cuquificada sino por lo que representa: un mundo en el que alguien puede poner un negocio, ganarse la vida con él y, ya que estamos, proponer un modelo de consumo distinto. Algo que estaba dejando de ocurrir en nuestras ciudades con sus alquileres imposibles, su economía de escala y su uniformidad creciente. El pasado abril, Fran Lebowitz, la veterana escritora neoyorquina, se congratulaba de que el confinamiento le evitaba tener que dar abrazos, pero temía el cierre de sus restaurantes de cabecera: “Odio cocinar. ¿Por qué tengo que pelar un pepino? ¿Por qué no estoy en un restaurante? Ellos sí que saben pelar pepinos”.

Nuestro comercio de proximidad sabe pelar pepinos, arreglar zapatos o vender queso, o kiwis, o prensa. La introducción de mi libro nuevo comienza con una orden que le da Diaghilev a Cocteau: “¡Maravíllame!”. El algoritmo de Amazon difícilmente lo hará, pero confíe en su kiosquero.

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