Diez utopías a las que se puede viajar

¿No te gusta el mundo tal y como es? Pues invéntate tu propio país o el lugar ideal con las reglas que tú quieras. Eso es lo que pensaron algunos soñadores, excéntricos o rebeldes, dispuestos a crear un pequeño paraíso utópico en la tierra. Algunas de estas utopías, más o menos locas, son todavía hoy microestados o territorios que pueden visitarse. De otras solo quedan ruinas. Todas aspiraron a crear un mundo mejor.

Christiania: la ciudad libre creada por okupas

Es de las utopías más conocidas y también de las más turísticas. Esta ciudad libre es un enclave aislado del mundo capitalista en pleno corazón de Copenhague. Desde que unos okupas la fundaron en 1971, este antiguo terreno militar acoge a inconformistas de todo el planeta atraídos por el concepto de economía colectiva y la vida en comunidad. Tras su avenida principal, Pusher Street, donde se sitúan los vendedores de marihuana y hachís, hay un tesoro de casitas artesanales, acogedores jardines, terrazas, bares e incluso una de las mejores salas de conciertos de la capital danesa, el Salón Gris.

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Entrada a la comuna de Christiania en Copenhague, Dinamarca.

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Entrada a la comuna de Christiania en Copenhague, Dinamarca. Tariq Mikkel Khan Getty Images

Todo comenzó en los años setenta, cuando Copenhague sufría una gran escasez de viviendas asequibles pero en el centro de la ciudad existía una base militar abandonada de 34 hectáreas. En 1971 un grupo de okupas rompió la frágil valla que rodeaba la base y proclamó la ciudad libre de Christiania, una sociedad radical igualitaria, autónoma y autosuficiente. Se prohibieron los automóviles, se legalizaron las drogas y se animó a los colonos a hacer yoga, meditación y teatro. Se permitía construir cualquier estilo de casa y vivir cualquier estilo de vida, por excéntrico que fuera. Dos años después de su fundación, el Gobierno danés otorgó a Christiania el estatus oficial de “experimento social”, lo que ha permitido que la ciudad sobreviva hasta hoy. Actualmente tiene más de 900 residentes, algunos de ellos de tercera generación, solo se acepta a nuevos residentes por consenso de toda la comunidad y se alienta el uso de materiales reciclados para construir las casas. Toda la propiedad es colectiva y todos cuidan de todos, y alberga un colectivo de herreros, un centro LGTBI, salas de conciertos, restaurantes ecológicos y compañías de teatro.

Auroville: espiritual, independiente y universal

Los viajeros que recorran el Estado de Tamil Nadu, en el sudeste de la India, tal vez se encuentren en Puducherry con una enorme esfera dorada reluciente llamada Matrimandir. Se alza sobre cuatro columnas que simbolizan la compasión, la fuerza, la gracia y el conocimiento, y está rodeada por unos jardines muy cuidados y varios edificios. Es Auroville, la Ciudad del Amanecer, fundada por una mujer conocida como “La Madre” que soñó con crear un lugar para unir a la humanidad.


Auroville, la Ciudad del Amanecer en Puduchery, en el Estado de Tamil Nadu, en el sudeste de la India.

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Auroville, la Ciudad del Amanecer en Puduchery, en el Estado de Tamil Nadu, en el sudeste de la India. turtix Getty Images

La Madre era en realidad Mirra Alfassa, nacida en Francia en 1878, hija de una judía egipcia y un judío turco. Trabajaba como artista en París cuando se enamoró de la cultura y la religión budista, por la que dejó todo y se fue a viajar por el subcontinente indio. Allí conoció a Sri Aurobindo, un gurú espiritual, yogui y nacionalista indio. Convencida de que de niña había soñado con Aurobindo, Alfassa se convirtió en la estudiante más devota del gurú, quien la rebautizó como “La Madre”. En 1950 Aurobindo murió súbitamente y ella asumió la responsabilidad del ashram (lugar de meditación) y su mensaje de universalidad. En 1964, a los 86 años, decidió dedicar el resto de su vida a construir una ciudad llamada Auroville como expresión final de los ideales de su gurú: que hombres y mujeres de todos los países puedan vivir en paz y armonía, por encima de todo credo, política y nacionalidad. Reunió a 5.000 jóvenes de distintas nacionalidades, y cada uno de ellos arrojó un puñado de tierra de su país de origen en una urna que se colocó en el centro exacto de la comunidad. En 1971 los aurovilianos empezaron a trabajar en el Matrimandir, la reluciente cúpula dorada del centro de su comunidad, pero tardaron 35 años en completarlo.

En 1980, tras varias quejas de residentes, el Gobierno indio asumió la administración del la Ciudad del Amanecer, que finalmente pasó a pertenecer a una fundación escudada tras una confusa maraña burocrática. Su estatus se consolidó cuando, en 1982, el Tribunal Supremo del país declaró que “cumplía con los más altos ideales y aspiraciones de la India”. Patrimonio mundial de la Unesco desde 1972, aunque estaba pensada para 10.000 personas actualmente solo viven en ella unos 2.000 residentes, la mitad indios y el resto occidentales. En teoría, Auroville funciona solo con energía solar y sin dinero, y todos los residentes tienen una única cuenta controlada centralmente. Los visitantes reciben una “Aurocard” que se puede usar para pagar cosas como comidas y alojamiento.

Oyotunji: un país africano en Carolina del Sur

En medio de los pantanos de la llanura costera de California, un letrero llama la atención del conductor que se adentra por estos caminos de tierra: “Usted está saliendo de Estados Unidos y entrando en el reino Yoruba”. Esta insólita comunidad es como un pedazo de África en medio del país norteamericano. Su creador fue Walter Eugene King, que nació en Detroit en 1928, en el seno de una devota familia cristiana. Decidió indagar por qué habían perdido todo contacto con sus dioses africanos y empezó a viajar para conocer sus raíces culturales y espirituales. En Haití conoció el vudú y siguió investigando otras religiones y culturas de África Occidental. Se sintió especialmente atraído por los yoruba, un gran grupo étnico del suroeste de Nigeria, y fue en una ceremonia yoruba en Cuba cuando fue rebautizado como Efuntola Oseijeman Adelabu Adefunmi.

En esa época, la lucha por los derechos civiles en EE UU estaba en auge, y Adefunmi se relacionó con personajes como Malcolm X y Stokely Carmichael, pero como para él aquel “sueño” no iba a funcionar, en 1970 decidió establecer su propio reino: Oyotunji, en una antigua plantación de Carolina del Sur. Los residentes (que fluctuaban entre los 25 y 150) aprendían el idioma yoruba, llevaban ropa yoruba, creían en dioses yoruba y se organizaban en una sociedad gobernada por un rey u Oba. Evidentemente, el Oba era Adefunmi. La recreación del estilo de vida yoruba es tan profunda que sus residentes han sido contratados para interpretar a africanos en el cine y la televisión.

Oba Adefunmi murió en 2005. Le sucedió su hijo, Oba Adefunmi II, que ha modernizado y restaurado una comunidad en ruinas que lleva 50 años activa. Ha dejado de poner el énfasis en el separatismo y ha optado por una versión más comercial de los valores tradicionales. Ahora los visitantes (tras pagar una entrada de 20 dólares) pueden asistir a las celebraciones anuales del pueblo y hacer compras en el bazar africano, donde se venden hechizos para resolver problemas personales, hacen sesiones de adivinación para invocar el orisha (dios) del conocimiento y ceremonias religiosas para recibir un nombre tradicional africano (sin validez legal).

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Una de las salas de la red de túneles y laberintos del Templo de la Humanidad en Baldissero Canavese, al norte de Italia.

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Una de las salas de la red de túneles y laberintos del Templo de la Humanidad en Baldissero Canavese, al norte de Italia. Leonello Bertolucci Getty Images

Damanhur: un templo ‘new age’ excavado bajo los Alpes italianos

Durante 14 años, los devotos de una religión new age se escondieron en un rincón a los pies de los Alpes italianos sin que los descubrieran las autoridades. Construyeron a mano una compleja red laberíntica de templos subterráneos interconectados dedicados a buscar la iluminación de la humanidad. Su maestro era Oberto Airaudi, conocido como Falco (halcón), un antiguo agente de seguros impulsado por unas visiones de antiguos lugares sagrados que tuvo de niño.

En 1978 Falco compró una casa y comenzó a cavar en un lugar que, según él, era la intersección de tres de las grandes líneas de energía de la Tierra. Ya tenía varios seguidores, atraídos por su carisma y su idea de un camino hacia la iluminación espiritual. Falco bautizó la comunidad como Damanhur, en honor a una ciudad egipcia con un templo dedicado a Horus. Las autoridades italianas se enteraron del proyecto en 1992 y trataron de detener la excavación ilegal pero, por mucho que buscaron, no encontraron la entrada a los túneles. Ante la amenaza de la policía de dinamitar la colina, Falco les condujo a un pozo escondido detrás de una puerta y les enseñó los túneles. La red del Templo de la Humanidad abarcaba más de 8.500 metros cuadrados distribuidos en siete espacios. Decidieron emitir retroactivamente permisos de construcción y permitieron a Damanhur seguir excavando.

Hoy la comunidad ya no se esconde: tiene unos 600 miembros y ha ampliado el complejo por la superficie, con estatuas y jardines. En sus templos subterráneos se llevan a cabo danzas llenas de movimientos simbólicos y en la superficie se cultivan alimentos ecológicos y calculan los días propicios para concebir hijos. Tiene una universidad, escuelas, supermercados, viñedos, granjas y panaderías. Situado a unos 40 kilómetros al norte de Turín, el Templo de la Humanidad ahora está abierto a los turistas, aunque se recomienda reservar con bastante anticipación la visita.

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Vista aérea de Palmanova, la utopía veneciana con forma de estrella de nueve puntas.

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Vista aérea de Palmanova, la utopía veneciana con forma de estrella de nueve puntas. Alexey novikov Getty Images

Palmanova: la utopía veneciana en forma de estrella

Cuando se sobrevuela el noreste de Italia, cerca de la frontera eslovena, se puede contemplar una curiosa ciudad con forma de estrella de nueve puntas. Es Palmanova, y se construyó hace 425 años para inspirar la armonía a todos los que vivieran allí.

En el siglo XVI, Europa era un conjunto de estados en guerra. Durante generaciones, la República de Venecia y el Imperio otomano habían luchado por el control del Mediterráneo oriental. Venecia iba perdiendo pero el 7 de octubre de 1571, la Liga Santa, una coalición formada por España, Génova, los Estados Pontificios y Venecia, libró la batalla naval más grande en el Mediterráneo en 900 años, la batalla de Lepanto, y venció a los turcos. 22 años más tarde, en 1593, la República de Venecia fundó una ciudad fortificada dedicada a esa victoria naval, y el dux decidió que debía diseñarse como una utopía. El libro Utopía de Tomás Moro, publicado en 1516, había desatado toda una corriente de teorías sobre cómo estructurar una sociedad perfecta e igualitaria.

Palmanova era más que una fortificación frente a los turcos: era una oportunidad para poner en práctica estas nuevas ideas de ingeniería social. Los planos se basaban en los diseños armoniosos de estrellas y círculos dibujados por un florentino apodado Filarete, o “Amigo de la Virtud”. Los nueve puntos de la estrella ayudaban a la defensa pero, además, los venecianos estaban seguros de que su precisión geométrica y sociedad armónica inspiraría una profunda felicidad en sus habitantes. Tardó 200 años en construirse, ya que a los venecianos les costó encontrar comerciantes, artesanos y granjeros dispuestos a trasladarse a una ciudad experimental aún en construcción. Así que en 1622 Venecia decidió poblar Palmanova con delincuentes a los que había indultado y ofrecido tierras gratis en el lugar. Nunca cayó ante los otomanos, que ni siquiera se acercaron a sus murallas, pero en 1805 la conquistaron los ejércitos de Napoleón ante los que la ciudad se rindió sin un solo disparo. Actualmente es una ciudad italiana como cualquier otra, aunque con una planta muy curiosa.

Sealand: DJ’S, batallas y secuestros en la desembocadura del Támesis

La historia de Sealand, una micronación a 10 kilómetros de la costa de Suffolk, en el Reino Unido, es tan rocambolesca y surrealista que podría parecer falsa. Arranca en la II Guerra Mundial, cuando la Marina británica instaló un fuerte marítimo en la desembocadura del río Támesis para evitar un ataque de los nazis: dos torres de hormigón, con helipuerto, camarotes para la tripulación, almacenes y comedores. Los nazis nunca atacaron, y el fuerte fue abandonado en 1956.

En 1966, proliferaban en Inglaterra las emisoras de radio piratas: la BBC se negaba a programar pop o rock and roll y algunos DJ’s rebeldes establecieron sus emisoras en barcos que surcaban aguas internacionales, para emitir música que pudieran escuchar los adolescentes del país. Pero un fuerte naval vacío permitía crear algo más permanente. Paddy Roy Bates (que llevaba Radio Essex) y Ronan O’Rahilly (al frente de Radio Caroline) navegaron hasta el fuerte vacío y lo ocuparon… y se enfrentaron por el territorio, incluso con armas y bombas de gasolina. La Marina Real arrestó a Bates y a su hijo, pero un tribunal británico desestimó el caso, al estar en aguas internacionales. Bates consideró que esto significaba el reconocimiento de un nuevo país al que bautizó como Principado de Sealand. Nombró a su mujer primera dama y a sí mismo príncipe.

Un empresario alemán llamado Alexander Achenbach se puso en contacto con el príncipe Paddy Roy, y le propuso transformar Sealand en un casino y hotel de lujo. El príncipe le dio a Achenbach la ciudadanía y lo nombró primer ministro de por vida. Pero en 1978, cuando el príncipe se reunía con posibles inversores en el continente, el primer ministro traicionó a su soberano. Envió mercenarios a la plataforma con helicópteros y motos acuáticas, la asaltaron y capturaron al hijo de Paddy Roy, el príncipe Michael (26 años). Lo tuvieron cuatro días encerrado hasta que finalmente lo liberaron. Entonces el príncipe Paddy Roy y el príncipe Michael alquilaron su propio helicóptero, regresaron al principado provistos de armas, asaltaron la plataforma y tomaron como rehenes a varios traidores, entre ellos Gernot Pütz. Este abogado tenía pasaporte de Sealand pero también nacionalidad alemana, lo que provocó un breve incidente internacional entre Gran Bretaña y Alemania. Gran Bretaña se negó a interceder para liberarle, citando el veredicto de 1967 de declarar Sealand fuera de jurisdicción. La crisis terminó cuando Alemania envió a un diplomático de su embajada de Londres a Sealand para negociar la liberación de Pütz. Ya en paz, el Principado de Sealand se dedicó a la venta de sellos conmemorativos y de títulos nobiliarios.

Durante un breve período en la década de los años 2000, fue un paraíso de datos offshore, hasta que el colapso de las puntocom agotó el negocio. En 2007, el Principado se puso a la venta por 977 millones de dólares. No hubo compradores interesados. El príncipe Paddy Roy Bates de Sealand murió en el 2012, a los 91 años. Su heredero, el príncipe regente Michael, tras pasar años en la plataforma, se trasladó a Essex para llevar un negocio de pesca. Gobierna el Principado a distancia.

North Dumpling: el reino de los ‘segway’

Hay personajes excéntricos, de los que no es de extrañar que quieran crear su propia sociedad independiente. Es el caso de Dean Kamen, lord Dumpling, un inventor de artefactos como la silla de ruedas que se alza sobre dos ruedas, el cañón humano para lanzar a personal de emergencias a los tejados, un brazo protésico robótico y, el más conocido, el segway.

Menos conocida es su otra faceta: la de creador de reinos propios. Lord Dumpling gobierna una isla que construyó para mostrar su sincera creencia en la independencia energética: es North Dumpling, de menos de una hectárea de superficie, a 1,6 kilómetros de la costa de Connecticut (EE UU). La compró en 1986, e incluía un faro construido en 1847. Pocos años después Kamen se separó formalmente de Estados Unidos, construyó una turbina y convenció a su amigo, el presidente George H. W. Bush, para firmar un pacto de no agresión con su nuevo país. Entonces empezó a pensar en la soberanía de su isla. Declaró que el medio de transporte oficial era el segway, fundó una armada que constaba de un único vehículo anfibio, imprimió sellos, acuñó moneda, envejeció artificialmente su Constitución y construyó una réplica del monumento megalítico de Stonehenge, iluminada de noche por luces LED verdes. North Dumpling tiene un único habitante: Kamen. De vez en cuando organiza elecciones y llena la isla de carteles de campaña (a favor y en contra). Y siempre, claro está, gana él.

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Vista de Fordlandia, la utopía industrial de Henry Ford en la selva brasileña, a orillas del río Tapajos.

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Vista de Fordlandia, la utopía industrial de Henry Ford en la selva brasileña, a orillas del río Tapajos. Joel Auerbach Getty Images

Fordlandia: la utopía industrial de Henry Ford en la selva brasileña

Henry Ford (1863-1947) está en todos los libros de historia: fue el introductor de la cadena de montaje, el creador de la gran industria americana del automóvil, introdujo el salario de cinco dólares al día y la semana laboral de cinco días… Pero hay un lugar del mundo donde se le recuerda por otra cosa: quiso crear un proyecto utópico en plena selva brasileña, un nuevo modelo de ciudad para vivir prósperamente. Se trata de Fordlandia, a orillas del río Tapajós, afluente del Amazonas. La ciudad más cercana es Santarém, a unos 300 kilómetros, así que no es fácil llegar hasta este lugar que en las décadas de 1920 y 1930 aspiró a convertirse en un ejemplo de prosperidad bajo un esquema paternalista y que hoy está abandonado.

Henry Ford necesitaba caucho para los neumáticos y se asoció con el Gobierno de Brasil para crear una colonia donde pudiera producir su propio caucho para exportar a sus fábricas de Detroit. Le concedieron 10.000 kilómetros cuadrados de terreno y, a cambio, Brasil recibiría un 9% de los beneficios. Ford, que nunca llegaría a visitar la ciudad porque temía a las enfermedades tropicales, lo vio como una oportunidad de crear una sociedad modelo y enseñar los valores de Estados Unidos en el país sudamericano. Fordlandia tendría el aspecto ideal las ciudades estadounidenses, con casas típicas del Medio Oeste, hospital, escuela, biblioteca, piscina, parque infantil y campo de golf. El alcohol y el tabaco estaban prohibidos, y se fomentaba la jardinería y el baile. Pero en 1930, después de dos años de funcionamiento, Fordlandia era un fracaso, sobre todo porque los trabajadores de la zona no sabían cómo cultivar el caucho y estaban hartos del proyecto y las costumbres americanas que trataban de imponerles. Parece ser que la gota que colmó el vaso fue la comida que vendían y comían, completamente desconocida para ellos: hamburguesas, avena, arroz integral… Un día los trabajadores decidieron romper sus relojes y echaron a los gerentes y cocineros a la selva.

En los años cuarenta el lugar fue abandonado y el nieto de Ford volvió a vender los terrenos al Gobierno de Brasil. Todo se oxidó y la jungla invadió los edificios. Hoy viven pocos centenares de personas en los restos de las casas construidas, y solo algún turista ocasional se anima a llegar hasta aquí.

Freedom Cove: una isla flotante llena de arte en Canadá

El arte puede ser un buen impulso para crear mundos independientes y autosuficientes. Es el caso de la isla flotante de Freedom Cove, cerca de Tofino, en la costa de la Columbia Británica canadiense, un paisaje magnífico, entre fiordos, ensenadas y pequeñas islas cubiertas de bosque. Allí fue donde Wayne Adams y Catherine King, un escultor y una bailarina jubilados, decidieron construir con sus manos su propia isla flotante para poder huir de la vida que llevaban en la ciudad.

A finales de la década de los ochenta del siglo pasado, Catherine King se mudó de Toronto a estas islas unos 300 kilómetros al oeste de Vancouver. Allí conoció a un artista local, Wayne Adams, se enamoraron y decidieron dedicarse en cuerpo y alma al arte. En 1994, estando en la cabaña de unos amigos en una cala aislada una tormenta derribó varios árboles que se quedaron flotando sobre el agua. En ese momento lo pensaron: construir una estructura flotante para convertirla en su estudio. Años más tarde, decidieron dejar la ciudad y mudarse a su estudio flotante. Y así fueron expandiéndose con puentes, glorietas, dormitorios, muelles, una galería de arte, cuatro invernaderos, un faro y una sala de baile para King. Y todo lo levantaron usando solo un martillo y clavos.

Hoy Freedom Cove tiene 12 secciones y está anclado a la orilla. La pareja es casi autosuficiente, comen lo que cultivan y pescan, beben agua de lluvia y los pocos suministros que necesitan comprar los consiguen vendiendo su arte a los turistas que llegan para ver su curiosa casa flotante cuyo aspecto cambia cada año.

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El Rock Garden de Chandigarh (India), el jardín de esculturas levantado en la ciudad diseñada por Le Corbusier con desechos y chatarra.

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El Rock Garden de Chandigarh (India), el jardín de esculturas levantado en la ciudad diseñada por Le Corbusier con desechos y chatarra. Saqib Majeed / SOPA Getty Images

Rock Garden: una utopía hecha de basura en la India

Tras la partición del Imperio Indio Británico en la India y Pakistán, en 1947, nació el proyecto de la nueva capital del Punjab, Chandigarh, ya que la capital tradicional, Lahore, se había quedado en el lado paquistaní de la frontera. Para diseñar la ciudad se llamó nada más y nada menos que a Le Corbusier, que creó un proyecto magnífico con elegantes y austeros edificios y amplios y cuidados parques. Pero construir una ciudad entera genera mucha basura y chatarra. A finales de los años cincuenta, Nek Chand, un inspector de carreteras, empezó a recoger baldosas, tuberías, rocas y botellas y en un desfiladero olvidado de las afueras empezó a construir un lugar con desechos, a la que llamó Reino Divino de Sukrani. Poco a poco fue creando centenares de figuras extrañas cubiertas de trozos de cerámica en una gran construcción con paredes, patios y pasarelas. Durante 18 años trabajó en secreto, hasta que en 1975 las autoridades descubrieron el extenso jardín, conocido como Rock Garden. Decidieron destruirlo puesto que estaba en terreno público y se había construido sin permisos, pero la gente del lugar decidió apoyarle y las autoridades desistieron.

Así, el parque de esculturas se convirtió en un parque público, a Nek Chand se le dio el título de ingeniero, un suelo y 50 trabajadores para que le ayudaran a finalizar su proyecto. Es más, el gobierno local instaló puestos de reciclaje en la ciudad para recolectar la materia prima que necesitaba Chand. Hoy ocupa 16 hectáreas, tiene una cascada, elefantes y monos de cerámica, y paredes hechas de componentes electrónicos desechados. Tras toda una vida trabajando en el jardín, Nek Chand murió en el 2015. Su necrológica salió en The New York Times y The Guardian, y Narendra Modi, el primer ministro de la India, declaró que Nek Chand siempre será recordado por “su genio artístico y su fabulosa creación”. Actualmente, este espacio es el principal destino turístico de Chandigarh. Cada día recibe 5.000 visitantes.

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