Biografía del cadáver de una mujer (III): Mónica y Julia

La larga e invisible cadena que ataba con fuerza el delgado cuerpo de Mónica al burdel de tercera —donde noche tras noche era vendida, alquilada, abusada y maltratada— no era otra que la que tensaba desde Rumanía su pareja para que la mujer enviara más y más dinero. Un hombre que en realidad era su proxeneta y la coaccionaba asegurándole que nunca volvería a ver a su hijo, un menor dejado al “cuidado” del padre en su país natal, ese chulo que custodiaba como rehén a su propio vástago. Como también mantenía como rehén la esperanza de Mónica de regresar al hogar familiar, donde le decía que no podría volver. Esa casa que tanto dolor le había costado mantener a Mónica.

Lo que ella había aguantado, la tiranía de los dueños de los clubes donde había sido prostituida, todos esos hombres de todas las condiciones sociales, de todas las edades, que habían pagado a veces por sexo, otras por vejarla, pegarle e insultarla… Cuando llegó era joven y sumisa, así les gustaba a los hombres. Ahora, cada día era un calvario.

Mónica había nacido en Rumanía y tenía 32 años. Morena de piel y de cabello de un largo interminable, delgada como un junco. De lejos podía parecer una adolescente; de cerca, por el contrario, la vida nocturna, el hastío y la desesperación le habían dejado una cruel herencia en el rostro y en la piel.

Una década de club en club

Diez años largos años llevaba esta mujer de club en club a lo largo y ancho de toda la geografía española. Noches duras en las cuales no entraban los clientes y ella no hacía la suficiente caja para pagar “la diaria”: las sábanas, su parte al club y quedarse con algo para mandar a Rumanía, a su avaricioso marido proxeneta. Cada vez era más difícil y así se lo contaba Mónica entre lágrimas a un voluntario de una ONG que de vez en cuando pasaba por el club donde ella había acabado. Una asociación que procuraba preservativos y lubricantes, pero no una salida ni una alternativa laboral para escapar del burdel. Seguro que les hubiera gustado poder rescatarla dándole esa oportunidad de un trabajo para poder vivir y seguir enviando dinero al voraz marido.

Pero para esto, más que una bien intencionada ONG, se necesitarían leyes, una legislación que abordara la reinserción, que ofreciera alternativas. Aunque Mónica les reconocía su empeño para evitar que contrajera enfermedades venéreas, sobre todo agradecía que la escucharan. Con ellos podía desahogarse, hablarles de su niño, compartir sus penas, su encierro, la terrible melancolía que iba abrazando cada vez más y que la hundía en un pozo sin fondo.

La llegada de la pandemia

Lo que Mónica no sabía, como no lo sabíamos nadie, era la llegada de un cruel virus, una pandemia mundial que iba a agravar todavía más su situación. En su caso iba a significar no tener ninguna fuente de ingresos, aunque los gastos, la deudas y las obligaciones con los dueños del club donde vivía seguían siendo las mismas.

Fue durante el encierro cuando Mónica se abandonó a ese monstruo que le rondaba desde hacia tiempo, una terrible depresión que le oprimía el pecho y no la dejaba respirar; que le hablaba al oído bajito, solo para ella, cada día, para recordarle que su vida era un sinsentido, que no valía la pena luchar por un hijo que nunca le iban a dejar abrazar de nuevo. Así se lo contaba a Julia, una amiga, una hermana en la adversidad, en la soledad y la miseria.

Julia también era una mujer prostituida. Tenía 42 años y era de República Dominicana. Llegó a España como Mónica, como tantas otras mujeres, con la esperanza de una vida mejor para ella y los suyos. Después de tantos años y tantas penurias, Julia seguía en la prostitución para poder enviar migajas de dinero cada mes a su país de origen para la crianza de su nieto, como antes lo había hecho por su hija. Para que la carne de su carne no pasase por todo el asco y el sufrimiento que representaba prostituirse.

Tanto para Julia como para Mónica las noches de “triunfo”, si es que alguna vez las hubo, hacía tiempo que habían llegado a su fin. Ambas deseaban salir de ese submundo, pero no encontraban la puerta de las oportunidades, la de una reinserción social de la que hablan algunos políticos y las asociaciones sin señalar dónde está la puerta de entrada.

El fin del confinamiento

El confinamiento llegó a su fin y el rancio puticlub cántabro de tercera categoría donde eran prostituidas Mónica y Julia abrió sus puertas. Los hombres asiduos regresaron como si tal cosa a requerir los favores de las “libres” prostitutas que supuestamente les recibirían con los brazos abiertos, después de tanta soledad y penuria.

Tres días aguantó Julia, tres días con sus correspondientes noches donde ninguno de esos hombres alquiló su cuerpo sano. Su cabeza ya estaba en otro lugar, un lugar sin luces de neón y sin hombres que le sudaban encima.

Esa tarde Mónica salió para ver a Julia en la pensión donde esta se hospedaba en el pueblo; a pesar de que ambas trabajaban en el mismo puticlub, la dominicana se había hospedado en una pensión para salir de la monotonía, de la rutina que significa el encierro en los burdeles.

Ambas mujeres se acercaron a un bar cercano donde Mónica lloraba desesperada. Era víctima de las amenazas de su proxeneta, llevaba las tres noches en blanco, sin estrenarse, le debía todo lo del confinamiento y no solo no había empezado a saldar su deuda, sino que ahora le debía la diaria de esos días. Cuando llamaba a Rumanía su mal hombre no le pasaba al teléfono a su hijo. Ella solo quería escuchar la voz de su niño para poder levantarse otro día.

Julia escuchaba a su amiga y le hablaba con cariño casi maternal. La animaba a seguir, “todo se arreglaría” le decía, ellas saldrían adelante como siempre lo habían hecho. Pese a los esfuerzos de Julia por consolar a su amiga, Mónica cada vez lloraba más y más alto, de los lloros pasó al lamento y de este a los gritos. Gritaba Mónica tan alto que molestaba a unos jóvenes reunidos en el bar.

Inesperadamente, Mónica salió corriendo del lugar en dirección de las cercanas vías del tren. Cuentan que la escucharon gritar:

—¡Quiero ser feliz! ¡Necesito ser feliz!

Mientras, Julia imploraba también a gritos:

—¡No lo hagas! Detente, Mónica. ¡Piensa en tu niño!

Alcanzó a sujetar a Julia de un brazo, pero la fuerza del tren arrastró a las dos mujeres. Sobre las vías del tren de cercanías a su paso por Barreda quedaron tendidos y destrozados sus cuerpos, como antes habían sido destruidas sus vidas.

#AquíEstamosMónicayJulia

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