La tragedia de los ‘Busby Babes’

Cuando el velocímetro cayó de 217 a 194 kilómetros por hora, el capitán Kenneth Ken Rayment, acreditado as de la fuerza aérea británica durante la Segunda Guerra Mundial, se dirigió al piloto James Thain, su compañero en la cabina del Airspeed Ambassador, y emitió una sentencia inapelable: “No lo conseguiremos”. Frenado por una gruesa capa de nieve, el avión había recorrido los dos kilómetros de pista sin poder alcanzar el impulso necesario para el despegue. Después de traspasar una valla, se estrelló contra un árbol, una casa y un cobertizo que guardaba una camioneta cargada de combustible. Al impacto sucedió el incendio. El reloj marcaba las 4:04 de la tarde en el viejo aeropuerto de Múnich. Era el 6 de febrero de 1958.

Hasta 20 personas murieron en el acto. Siete de ellas jugadores del Manchester United que hacían escala tras disputar con éxito la vuelta de los cuartos de final de la Copa de Europa en Belgrado, contra el Estrella Roja. Les esperaba el Milan en semifinales. Estaban llamados a ser el gran obstáculo del Madrid de Di Stéfano en la final de Bruselas.

El capitán Roger Byrne, lateral diestro de la selección inglesa; Geoff Bent, lateral derecho suplente; Eddie Colman, extremo escurridizo apodado Cintura de Serpiente; el central Mark Jones; el interior David Pegg; el nueve Tommy Taylor, autor de 112 goles en 166 partidos; y Liam Whelan, un extremo irlandés tan desequilibrante como gazmoño, perdieron la vida antes de llegar al hospital.

Duncan Edwards tuvo la desgracia de vivir 15 días más. El choque le había reventado los riñones, tenía las costillas y la pelvis partidas, un pulmón perforado y una fractura múltiple de la pierna derecha. Dirigió sus últimas palabras a Anne, su madre, que viajó hasta Múnich para acompañarle: “Vamos mamá, llévame a casa que el sábado jugamos contra los Wolves y no me lo puedo perder”.

Tenía solo 21 años. También tenía el halo de los deportistas predestinados. Medía 1,80. Pero cuando pisaba el campo daba la impresión de alcanzar una estatura insuperable. Poseía el cuerpo de un peso pesado prematuro y se desplazaba con la agilidad de un gimnasta. Su coordinación era perfecta. Manejaba ambas piernas, en los balones divididos era autoritario sin necesidad de violencia y en el salto resultaba siempre vencedor. Se desenvolvía con igual suficiencia como defensa central que como volante. Podía ser decisivo en su área y en la rival. Jugó 18 partidos para Inglaterra y marcó cinco goles.

Bajo el dictado de su líder casi adolescente el Manchester ganó la liga en las temporada 1956/57 y 57/58, y, quién sabe, se encaminaba al tercer título consecutivo. El entusiasmo que despertaba aquel equipo entre los aficionados solo podía explicarse en términos sociológicos. Formado a partir del empeño rastreador del mánager escocés Matt Busby, exjugador del Manchester City, el United de los Busby Babes fue el primer gran equipo constituido por futbolistas que no habían tenido que pasar por el filtro incapacitante de la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de sus predecesores, hombres que debieron interrumpir sus carreras para alistarse y perdieron años de práctica, en el mejor de los casos, la nueva generación crecía sin más carga emocional que el recuerdo cada vez más lejano de los bombardeos de la aviación alemana.

Niños como Colman, Bent o Scanlon, se habían hecho futbolistas jugando en los terrenos baldíos que quedaron tras la retirada de los escombros en Salford y Stretford, los distritos limítrofes de Trafford Park, sede de Old Trafford y uno de los complejos industriales más importantes de Gran Bretaña, objetivo prioritario de la Luftwaffe. Su coincidencia en un equipo plagado de estrellas emergentes desencadenó una empatía y un juego tan alegre como el deseo nacional de mirar al futuro con optimismo. Alentados por esa meta de felicidad común, los Busby Babes no tardaron en convertirse en el equipo más popular de Inglaterra.

La última actuación de aquel Manchester en suelo inglés fue en Highbury, contra el Arsenal, en liga. Antes de que los equipos saltaran al campo, por la megafonía sonó el último éxito de Buddy Holly como un presagio: That’ll Be the Day. Una canción de despedida. El partido fue trepidante. Acabó 4-5 y desde entonces pervive en la memoria colectiva de los aficionados como un acontecimiento mágico. Si los ingleses aman el fútbol es porque les fascina el arrojo de jugadores que hacen lo que hicieron aquellos héroes idealizados. Terry Venables, futuro seleccionador inglés, acudió a Highbury únicamente para ver a Duncan Edwards. Está convencido de que su desaparición, junto con la de Byrne y Taylor, privó a Inglaterra de figuras que habrían transformado la historia de los Mundiales del 58, el 62 y el 66: “¿Cómo seleccionar a Bobby Moore antes que a Duncan?”.

Gravemente herido durante el accidente, Busby se debatió entre la vida y la muerte. Dos veces le dieron la extremaunción. Cuando se recobró, católico de misa diaria como era, hizo examen de conciencia y decidió digerir su confesado sentimiento de culpa reconstruyendo el equipo. Se apoyó en Bobby Charlton, el majestuoso mediapunta de 21 años, que sobrevivió junto con Bill Foulkes, el central, Albert Scanlon, el interior, Dennis Viollet, el goleador, y Harry Greegg, el portero.

En su obsesión por pasar página, Busby resultó tan determinado como miserable. El United volvió a ganar la liga en 1967 y en 1968 se convirtió en el primer equipo inglés en alzar la Copa de Europa. Elevado a la categoría de club más rico del planeta gracias, en parte, a la mística sentimental de la tragedia —como diría Harry Gregg, “propaganda de mierda”—, en 1998 la directiva de Martin Edwards todavía no había hecho nada por ayudar a los hijos y las esposas de los jugadores fallecidos, en algunos casos inmediatamente expulsados de las viviendas que eran propiedad del club. Tampoco echó una mano a los futbolistas que, como Jhonny Berry o Jackie Blanchflower, quedaron tullidos. Sus voces y las de sus familiares resuenan en el libro The Lost Babes, de Jeff Conor.

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