“Siempre viene uno de fuera a joder la marrana”

Los primeros días hubo pocos incidentes. Había algo de temor y tensión, pero estábamos bien de ánimo. Ahora todo el mundo vive como nosotros hemos vivido siempre, dijo mi tía, que sabe encontrar el lado bueno de las cosas.

Aun así, se notaba una tranquilidad infrecuente. No es que La Cañada fuera Nueva York antes de la pandemia (aunque la latitud es la misma, 40,7 norte, por eso seguía con especial atención la gestión de Cassio y Cuomo), pero ya no se oían las mulas mecánicas por las mañanas, ni los tractores, o los vendedores ambulantes. La contaminación había desaparecido, no había aglomeraciones en la calle mayor. Ya antes de la alarma dejamos de ver a los turistas que venían a rellenar garrafas, con sus herméticos con tortilla, y luego se iban a buscar setas al monte. Es verdad que no se oía el ruido de los niños por las calles. En realidad no se oía nunca porque casi no hay niños, pero si te paras a pensarlo impresiona.

Para nosotros no era una novedad que la naturaleza reclamara, como se decía en las ciudades, terreno a los humanos: no hacía falta más que ver las masadas abandonadas. Aun así, un día, al ver a unos jabalíes cerca del lavadero, a Ramiro, tesorero de la asociación de cazadores y campeón de tiro, se le saltaban las lágrimas por la oportunidad perdida. (Yo había sacado a pasear a Yanis, él había ido a pasear a Santi, su perro de caza preferido.)

En vista de la situación, cuando empezó el confinamiento, me fui a casa de Lourdes, encima del bar, en vez de la de mi tía. Su ubicación era más céntrica, venía mejor para las emergencias que podía generar la crisis sanitaria.

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Los sábados veía las comparecencias del presidente del Gobierno. A primera hora me iba al punto de cobertura que había en las eras para leer lo que Eva Belmonte escribía sobre el BOE y con eso me iba orientando.

Hablé con los empresarios locales: el dueño de la serrería (y jefe de la oposición), el jefe de la quesería (un solo empleado), Lourdes (bar de la carretera) y Roberto (bar de Roberto), Juan Manuel (secadero de jamones) y Silvina Domingo (la gerente del Shanghái, el puticlub). Les expresé mi preocupación y mi apoyo.

Para poner en valor la importancia de la cultura, imprescindible para el desarrollo de una ciudadanía con sentido crítico, pensé en organizar sesiones de Instagram Live. Pero como la conexión en el pueblo es tan floja (uno de los proyectos que ha aplazado la covid-19, pero no me rindo), las jotas de Paca se oían más por la ventana que por los ordenadores o los móviles.

Que se comió un pangolín
aquel chino una mañana.
Desde entonces a mi novio
lo veo por la ventana.

Fue emocionante el día que le contestó Rogelio desde el balcón de su casa, en la plaza:

Aunque te pongas mascarilla
no te creas que me inquieta:
si no te veo la cara
te conozco por las tetas.

A pesar de que la letra tenía algunos aspectos problemáticos desde una perspectiva de género, fue un momento hermoso, casi mágico. Uno sentía claramente la comunidad amenazada, la sensación de que estábamos unidos, protegiéndonos unos a otros.

Alguna cosa pasó… El lunes, la guardia civil paró a Juan el Garroso cuando iba a dar de comer a las ovejas. El martes, lo volvieron a parar. El miércoles volvieron a pararlo cuando regresaba. El jueves a la ida. Al tío Francisco lo pararon cuando iba a regar la huerta tres veces la primera semana. El tío Máximo, precavido, se trajo a una de las ovejas a casa y decía que la llevaba de paseo. (Parece que, por lo que contaba, esto generó un desconcierto especial en uno de los agentes, a quien en el pueblo empezaron a llamar teniente Colombo.) Yo no quería ponerme paranoico, pero el número de detenciones y sanciones por habitante hacía pensar que La Cañada era más o menos Baltimore. Empecé a preguntarme si habría algo de racial profiling en esas actuaciones de la guardia civil: eran todos hombres blancos de más de sesenta años de edad, con boina, alpargatas y un gayato.

Al margen de estas anécdotas, la situación era bastante tranquila. En realidad el primer problema serio se produjo un par de semanas después, casi al caer la tarde. Se cumplió la ley de hierro de la tía Michela: “Siempre viene uno de fuera a joder la marrana”.

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