Tunte, el pueblo que quería a ‘sus’ inmigrantes

Abdou, Susana, Lucía Jiménez, Rosa Herrera y Niska el miércoles 5, antes de que los migrantes fueran trasladados fuera de Tunte.
Abdou, Susana, Lucía Jiménez, Rosa Herrera y Niska el miércoles 5, antes de que los migrantes fueran trasladados fuera de Tunte.

Tunte era un pueblo relativamente desconocido fuera de Gran Canaria. Y eso, a pesar de ser la capital de San Bartolomé de Tirajana, el mayor municipio turístico de Canarias por número de camas. Eso era hasta esta semana.

El desalojo el pasado miércoles de unos 80 migrantes que llevaban nueve meses en las instalaciones del Aula de la Naturaleza de Tunte, y la posterior entrada de otros 27 africanos en cuarentena que llevaban tres días a la intemperie en el muelle de Arguineguín (en Mogán, sur de la isla) soliviantaron a los residentes. Ese día, un centenar de vecinos montaron barricadas y se enfrentaron a la Policía Nacional, y los altercados se repitieron al día siguiente tras la entrada de otros 39 migrantes más. Las protestas han entrado en portadas e informativos, y han provocado que caiga sobre el pueblo la sospecha de racismo. Los tirajaneros se defienden. Ellos, aseguran, llevan meses manteniendo una relación más que cordial con sus inmigrantes, los 80 que se fueron y que ya estaban integrados. Y si rechazan a los que han venido solo es por miedo al coronavirus.

“Se les echa de menos. Llenaban de vida el pueblo”, asegura Marco Andrés Alemán, propietario del Restaurante La Cueva. “Nos han partido por la mitad, estábamos libres de covid y ahora tenemos el miedo en el cuerpo”. Ninguno de los 66 inmigrantes que han llegado esta semana al pueblo han dado positivo en los test, subrayan desde la Delegación del Gobierno. Pero Alemán está convencido. “Somos un municipio turístico, y todo esto nos está haciendo mucho daño”, sentencia. “Estamos acojonados”, exclama por su parte un empresario hostelero que prefiere no dar su nombre. “El pueblo está lleno de personas mayores y esto puede ser fatal para ellos”.

La situación en torno a los migrantes africanos se ha agravado con la pandemia de covid y el repunte de llegadas durante este año (la cifra asciende a casi 3.000 en el caso de Canarias). Las tres comunidades que más migrantes reciben —el propio archipiélago, Andalucía y Murcia— han exigido al Gobierno de Pedro Sánchez que se haga cargo de las cuarentenas obligatorias de los que arriban en pateras. El último de todos ha sido el propio presidente canario, el socialista Ángel Víctor Torres, quien ejerce de anfitrión del presidente Sánchez en sus vacaciones en Lanzarote. El mandatario canario le ha trasladado este viernes la necesidad de que Canarias pueda disponer de espacios del Gobierno central para alojar a los migrantes, así como el que se actualicen los acuerdos con los países africanos de origen. Esta semana ha llegado a amenazar con los tribunales si no se llega a un acuerdo.

El protocolo para prevenir casos importados de covid de la Secretaría de Estado de Migraciones establece la obligatoriedad de realizar PCR a todos los recién llegados así como el aislamiento de los contagiados y de sus contactos en los lugares que la comunidad autónoma, como autoridad sanitaria competente, considere. Para el Ejecutivo central esta es una cuestión sanitaria — y, por tanto, de responsabilidad autonómica — y no migratoria.

Tunte es un pequeño casco urbano de difícil acceso en el centro de la isla. Rodeado de escarpados barrancos, se ubica a 900 metros de altitud y apenas lo pueblan 650 habitantes. Nada que ver con los imponentes centros turísticos a pie de playa como Playa del Inglés o Maspalomas, situados a unos 30 kilómetros (llenos de curvas, eso sí) de distancia y generadores de la mayor parte de la riqueza del municipio.

No todos sus habitantes aplaudían la presencia de los jóvenes subsaharianos. Uno de ellos es Arquímedes, el propietario del restaurante D’Romería. “Nunca me hicieron nada, no eran mala gente en absoluto, pero yo no los quería en mi local, no me gustaba tenerlos por aquí”, recuerda. “Les deseo lo mejor, eso sí”. Sus clientes no son de la misma opinión. “El pueblo está muy vacío sin nuestros 80 chicos”, afirma con pena Carmen Santana, ama de casa, en una mesa de la terraza. “Estaban integrados, para nosotros eran parte de la familia. A mí me llamaban mamá”, asegura. Admite, eso sí que en la cabeza de todos estaba dejar San Bartolomé de Tirajana y Canarias e irse a buscar trabajo lejos de las islas, a lo que llamaban la gran España.

En su misma mesa, Juan Pedro Jiménez, técnico el Cabildo de Gran Canaria, coincide con Carmen. “Esto”, explica señalando a la plaza vacía, “estaba lleno de niños y jóvenes paseando o en bicicleta. Y no los dejaron casi ni hacer las maletas. Nosotros los acogimos y los tratamos bien, y aun así nos llaman racistas por no querer que nos llenen de covid”, explica Jiménez, quien mira hacia los políticos. “El Ayuntamiento de Agüimes presionó para que no hubiera campamento en su territorio. ¿Cuántos inmigrantes tienen ellos? ¡Cero! Yo creo que Óscar Hernández [su alcalde] y Antonio Morales [presidente del Cabildo de Gran Canaria y antecesor de Hernández en la alcaldía] son los verdaderos racistas”. Jiménez se refiere a la reciente decisión de Cruz Roja de renunciar por las trabas burocráticas al campamento que montaba en el puerto de Arinaga, en Agüimes, pese a la falta de espacios de este tipo en las islas. Estas instalaciones no llegaron a utilizarse nunca.

Lucas Santana, estudiante oposiciones de 21 años, fue uno de los que se enfrentó a los agentes de Policía el pasado miércoles (las imágenes de cómo fue reducido por la espalda por un agente fueron emitidas por todas las cadenas de TV). “Los agentes estaban atacando a un señor de avanzada edad”, explica, “y solo traté de que tuvieran cuidado”. Santana relata su amistad con varios de los migrantes que ya no están en Tunte. “Jugaba el fútbol con ellos casi todos los días. Y a muchos de ellos les ayudaba para salir de la isla: les compraba los billetes y los llevaba al aeropuerto”.

Uno de los migrantes con los que mejores migas hizo fue Ozil Samba Cissoko, un aspirante a futbolista de 19 años originario de Guinea Conakry. “Nuestra salida de Tunte no ha sido nada fácil”, explica vía Whatsapp desde el polideportivo en Las Palmas de Gran Canaria en el que ha sido realojado junto con otros 40 migrantes, aproximadamente. Mantiene la esperanza (“he venido a Europa para lograr una vida mejor, y desde luego que no está siendo nada fácil”), pero echa de menos “a la gente de ahí”. “Especialmente a Fabio y Lucía”.

La Lucía a la que Samba hace referencia es Lucía Jiménez, una joven de 15 años hija de Juan Pedro Jiménez y de Rosa Delia Herrera. “Mi hija solía ir a la cancha con el altavoz, y de esta manera empezó su integración en el pueblo”, recuerda Herrera. “Se hicieron muy amigos. Los chicos las respetaban mucho e incluso las acompañaban a casa si se hacía tarde. Y casi sin darles tiempo los botan de la residencia. Yo misma tuve que ir a llevarles maletas para que pudieran meter su ropa. Los echaron como perros”.

Por la calle pasan algunas furgonetas de la Policía Nacional. Algunos agentes, incluso, se acercan al D’Romería para tomarse un café. “Llevábamos años sin ver un policía por aquí y mira ahora…”, dice Carmen Santana con escepticismo. “A ver como controlan que no se escapen los nuevos”. El coronavirus se mantiene por ahora fuera de Tunte. Pero su lugar lo ocupa el miedo.

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