¿Qué da más miedo ‘Tiburon’ o ‘Pinocho’?

La película que más veces he visto en mi vida es Tiburón, seguramente por mi incurable peterpanismo. La primera vez en uno de esos cines de verano en la playa cuyas sillas de plástico resultaban criminales si llevabas pantalones cortos. Desde niña me aterra bañarme en el mar de noche, pero echarle la culpa solo a la película de Spielberg sería injusto. Mi pánico le debe tanto a Tiburón como a la serie que Luigi Comencini rodó en la misma década para la RAI sobre Pinocho y que yo debí ver en la emisión que se hizo en España en color en 1977. La serie estaba interpretada por Nino Manfredi en la piel de Geppetto, Gina Lollobrigida en la del Hada y el niño Andrea Balestri como el personaje de Carlo Collodi.

“Desde niña me aterra bañarme en el mar de noche, pero echarle la culpa solo a la película de Spielberg sería injusto. Mi pánico le debe tanto a ‘Tiburón’ como a la serie que Luigi Comencini rodó en la misma década para la RAI sobre Pinocho y que yo debí ver en la emisión que se hizo en España en color en 1977”

En el capítulo final, Geppetto aparecía viviendo como un loco ermitaño dentro de la ballena que se lo había tragado y Pinocho, arrepentido de la mala vida que le había dado a su pobre padre, iba a rescatarlo. La ballena no era un juguete sofisticado como el escualo fabricado por los estudios Universal, sino una cutre recreación de tela y gomaespuma que en ningún caso pretendía ser muy creíble. Daba igual. Lollobrigida era una muerta viva con el pelo violeta y la historia era la un tronco de madera que hablaba. El caso es que hasta eso resultaba real, quizá por cómo Comencini recreaba en espacios naturales ese mundo de pícaros y marionetas donde robaban, secuestraban, ataban como un perro, llevaban a la cárcel y hasta convertían en burro a un niño egoísta y mentiroso. Creo que pocos personajes literarios me provocan tanta tristeza como Geppetto.

Es curioso que más de cuatro décadas después las dos historias se ven las caras en este extraño verano. Por un lado se han cumplido los 45 años del estreno de Tiburón y (si la pandemia lo permite) por otro, a finales de este mes se estrenará en España la versión del personaje que ha filmado Matteo Garrone con Roberto Benigni de protagonista y un Pinocho al servicio de los avances digitales. Imagino que la ballena esta vez sí será como las de verdad, aunque quizá por eso mismo no logre dar tanto miedo. Como en Tiburón, en Las aventuras de Pinocho la música era un elemento inquietante. La banda sonora de Fiorenzo Carpi te llevaba a un mundo de juglares y trovadores lleno de misterio.

La efeméride de la película de Spielberg ha servido no solo para volver a exhibirla en un centenar de salas de su país sino para que se publiquen decenas de artículos y reportajes sobre lo que significó esta película en Hollywood. En la mayoría se repiten las mismas anécdotas y datos del accidentado rodaje para ilustrar la que parece su mayor virtud, el efecto industrial que tuvo la película. En su libro Misterios de la sala oscura (Taurus), la crítica de cine mexicana Fernanda Solórzano va más allá con un texto titulado La entronización de la adolescesncia que teoriza no solo sobre el nacimiento del blockbuster sino sobre la paradoja de que sea precisamente Spielberg, el menos joven de espíritu de su generación, un cineasta que como escribió Peter Biskind participó poco del espíritu juvenil y contracultural de su época, el que mejor supo leer las necesidades del público que nacía. Una generación de perpetuos adolescentes que encontró en esta película la catarsis sin dolor que andaba buscando.

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