Amantaní, la isla donde los turistas son bien recibidos pero la industria, no

En ello pensaba hace unos años mientras surcaba en un amanecer de luz acerada los canales abiertos a la navegación entre bosques acuáticos de totora en una pequeña embarcación que me llevaba desde Puno hasta la isla de Amantaní. Pero lo que me llevó a Amantaní por primera vez en el año 2000, no fue la búsqueda de los orígenes del Tawantinsuyo (el imperio incaico), sino conocer una forma diferente de hacer turismo, en la que en teoría todos los miembros de una comunidad participaban del negocio y se repartían los beneficios. En Amantaní, una de las islas habitadas más grandes del lago Titicaca, no hay grandes hoteles ni se espera que los haya en un futuro.

Amantaní es extremadamente árida y no existen vehículos a motor. Todo se transporta a la espalda o con mulo.
Amantaní es extremadamente árida y no existen vehículos a motor. Todo se transporta a la espalda o con mulo. paco nadal

En esos años los habitantes de la isla, en colaboración con la municipalidad, decidieron que su vida tradicional no se vería alterada ni por nuevas construcciones ni por el turismo de masas, que cada vez en mayor número llega a las costas del Titicaca. Estarían encantados de recibir turistas, por supuesto, al igual que hacen sus vecinos de la isla de Taquile, pero quienes quisieran conocer su isla deberían compartir con ellos sus casas, sus cocinas y su estilo de vida.

Durante el viaje, mi barca atracó en la pequeña rada de Amantaní. A primera vista, el paisaje no fue nada espectacular. Amantaní es una isla de piedra desnuda sobre la que despuntan pequeños bosquetes de eucaliptos. Casi todas las viviendas estaban construidas con adobe, pero los techos de chapa metálica restaban encanto al conjunto.

En aquel viaje cuando descendí de la barca, comenzó el proceso de reparto de visitantes. La comunidad estaba previamente avisada por la agencia que nos trasladó desde Puno y sabía cuántos pasajeros pernoctarían allí esa noche, se habían encargado de avisar a las familias que, por turno, les tocaba acoger.

Eran las mujeres las que bajaban al pequeño puerto, recogían a sus clientes y les acompañaban a la casa. El forastero debía emprender con esfuerzo su ascenso por un camino enlosado con grandes piedras que llevaba hacia la plaza central del pueblo. En la isla, poco a poco el desnivel se va encrespando y aunque no es mucho el trecho que separa el puerto de la plaza hay que salvarlo muy lentamente, haciendo paradas. Amantaní está a casi 4.000 metros de altitud y el aire parco en oxígeno convierte el más mínimo esfuerzo en un escollo titánico para los mortales que venimos del nivel del mar.

Mujer de Amantaní.
Mujer de Amantaní. paco nadal

La casa en la que me tocó dormir fue la de doña Juanita. Juanita era en ese momento una mujer de unos 30 años, de rostro anguloso y duro, muy morena, pero de sonrisa fácil y ademanes muy gentiles. Tenía una pequeña tienda de comestibles pero cuando empezaron a llegar los turistas, ella y su marido Amadeo entendieron que ese era el futuro. Comprendieron rápido también que los turistas venían buscando la convivencia con los locales, pero con unas mínimas condiciones de comodidad. Por eso habilitaron en el patio trasero de su casa cinco nuevas habitaciones para los “pasajeros”, como llama Juanita a los forasteros; habían construido además un agradable comedor y lo que podía considerarse todo un lujo en la isla: dos retretes con sendas tazas de loza, muy humildes, pero funcionales. Tras enseñarme la habitación, Juanita desapareció en la cocina con su pequeña hija Lizbeth para preparar el almuerzo.

 “Hace ya más de cuatro años que recibo pasajeros”, me contó sin dejar en ningún momento su franca sonrisa. “Estamos muy contentos, nunca hemos tenido ningún problema. Y nos deja un dinero extra. Estamos haciendo dos habitaciones más, mi marido no está hoy porque ha tenido que ir a Puno para comprar más cemento y ladrillos”.

El acuerdo era que la familia daba siempre al pasajero el desayuno, la comida y la cena en la misma casa donde se alojaba. Sopa de quinua, pescado con papas sancochadas o fritas, un poco de ensalada. Comida mayoritariamente vegetariana. En Amantaní apenas se come carne, solo en celebraciones anuales o en fiestas señaladas, como un cumpleaños. El grueso de la dieta de la población es patatas, maíz, verduras y pescado del lago.

En ese momento, oficialmente había un comité municipal que controlaba la idoneidad de los alojamientos y se encargaba de repartir por turnos a los turistas en las casas homologadas en cada una de las comunidades o aldeas que formaban la isla. Pero no todo era idílico en este sistema. Por lo que cobró la agencia con la que contraté el viaje en Puno en su momento y lo que sonsaqué a Juanita que cobró por mi estancia, calculo que solo le llegaba el 30% de lo que pagaba el turista. También había agencias que se saltaban la rotación municipal y trataban directamente con propietarios concretos. Y como era lógico que ocurriera con el paso del tiempo, ahora puedes reservar estos alojamientos en los portales online habituales de reservas de hoteles. Y mucho ha cambiado el asunto, puesto que encuentras alojamientos que cada vez tienen más categoría y algunas casas se publicitan bajo la denominación de lodges o houses.

Atardecer en la cima de la isla de Amantaní, a 4.000 metros de altitud.
Atardecer en la cima de la isla de Amantaní, a 4.000 metros de altitud. paco nadal

En cualquier caso, y con las imperfecciones que sean, el espíritu original sigue vigente y me parece un sistema exitoso de gestión comunitaria del turismo. Un modelo ampliamente utilizado en otras zonas indígenas de Perú que garantiza que las comunidades locales reciban todo o buena parte de los beneficios que generan y que el turismo pase de ser Atila a una herramienta más del desarrollo integral de los pueblos.

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