El aprendizaje de la decepción

Si una novela puede contarse y no asoma el remordimiento de estar banalizándola, es que muy escasa literatura habita en ella. La nouvelle con la que Gauthier ha ganado el Premio Goncourt de primera novela se diría a primera vista una historia más de adolescencia insatisfecha y rebelde, o un modélico bildungsroman encerrado en un anónimo pueblo francés durante un tórrido verano.

Érase una vez “una chica con falda corta que enseñaba las piernas”, una atractiva, escurridiza y promiscua chica rubia que descubría su cuerpo ofreciéndoselo al mejor postor como un ritual de libertad, que no de sumisión. Es Gil, la hija de un tosco peón caminero borrachín, el señor de la colilla. Félix es el Chico, 14 años de ingenuidad dejándose caer en la tentación de Gil, un chaval con aire dulce, como un oso de peluche a quien abandonan un verano para que haga de aprendiz de peón y que, en las rutinas de hija y padre en un viejo caserón asfixiante con perro y sofá, descubre que existe un mundo adulto que es preciso conquistar.

Las blancas piernas de Gil y sus afeites contrastan con el negro maloliente del alquitrán, omnipresente, como los camiones, el supermercado y el bullicioso café de un pueblo árido y vacío, en su papel de símbolos de una realidad vulgar que se confronta con el imaginario opulento de los dos adolescentes. Gil le enseña revistas porno a Félix como si fuesen “un álbum infantil”, y Félix, seducido hasta el tuétano por el cuerpo de Gil, comparte con ella la agorera historia de una chica y del mar que induce a la protagonista a imaginarse hundiéndose en las aguas del río. Presagios y señales, complicidades tácitas y recurrencias, sutilezas semánticas, un voyerismo sin malicia y una impudicia lenitiva. El bello verano perturbador de una lolita rural y un muchacho atisbando la vida adulta transcurre como una ceremonia de la madurez y un aprendizaje de la decepción. Y no resulta fácil olvidar aquí turbadoras páginas de Pavese bajo el sol y el amor, y aquellas escenas opresivas de Micòl Finzi-Contini con el narrador de la novela de Giorgio Bassani.

Bajo una aparente sencillez, Gauthier se sirve de la sofisticada retórica de la antítesis, de una ironía sutil (“quizá su futuro consistía en eso, en beber vino blanco en el bar”, piensa el aprendiz) y de constantes eufemismos y elipsis que eluden mencionar lo que se puede inferir, pues “todo flotaba, no valía la pena decir las cosas, ya se adivinaban, estaban en el aire”. Su estilo lacónico, de una insólita economía para la riqueza atmosférica que ofrece, se asienta en una sintaxis empecinadamente paratáctica que tal vez nazca de lecturas como El amor, de Marguerite Duras. Gauthier hace literatura y juega además con ella, se divierte construyendo el personaje de un simple empleado de banca y llamándolo Julien Sorel pese a no tener ni el atractivo ni la inteligencia del protagonista de Rojo y negro, de Stendhal, y de postre un guiño final al maestro Proust cuando el narrador asegura que el protagonista escribirá la historia que el lector ha leído ya: “Félix intentaría poner palabras a todo aquello. Hurgaría en su memoria con la pluma en la mano”.

Tras la quietud de un escenario de urgencias en soledad, una fiesta literaria.

Busca online ‘Vestida de corto’

Autora: Marie Gauthier

Traducción de Blanca Gago

Editora: Nórdica, 2020.

Formato: 120 páginas. 16,50 euros

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