“Se lo comía todo o de repente dejaba de comer. Instagram minaba su moral”

Nayibe y sus dos hijos el pasado mes de febrero en Cádiz.
Nayibe y sus dos hijos el pasado mes de febrero en Cádiz.Paco Puentes

Un día, casi sin darse cuenta, Nayibe, de 44 años, se encontró con que sus hijos adolescentes se habían convertido en dos desconocidos con los que discutía a diario. Su hija de 15 años pasaba las horas muertas viendo stories en Instagram y esperando su dosis de likes. “Su obsesión era mirar las fotos de los demás. Hicieran lo que hicieran las personas a las que seguía, ella envidiaba no estar haciendo lo mismo”, explica por teléfono desde Cádiz, donde vive la familia. Su hijo, de 17 años, no se separaba de la videoconsola. “Al principio, detectamos que cuando terminaba de jugar se ponía un poco nervioso. Y fue a peor”, cuenta Nayibe, que prefiere no revelar su apellido. Las actitudes agresivas y las discusiones en torno al uso que hacían de los dispositivos escalaron tanto que la familia tuvo que pedir ayuda profesional.

Fase 1: “Aquí no hay ningún adicto”

Fue un taller sobre adicciones en el instituto de su hijo lo que llevó a esta familia a Proyecto Hombre. Al principio, cuenta la madre, todos en su casa la tomaron por loca. “Aquí no hay ningún adicto”, era la queja general. Pero la situación se hizo “totalmente insostenible” y accedieron a ir a un programa especial llamado Proyecto Joven, orientado a adolescentes y niños que abusan de la tecnología. “El perfil más habitual se da entre jóvenes de 12 a 17 años, aunque también se dan casos puntuales en adultos”, explica María del Carmen Tocón, directora de Proyecto Joven en Proyecto Hombre Cádiz, el centro al que acudió Nayibe con su familia. Dentro de ese rango de edad, entre el 6 y el 9% de los usuarios de Internet tienen problemas de adicción, según el Instituto Superior de Estudios Psicológicos, aunque es difícil saber cuántos jóvenes abusan de la tecnología.

“Ellos decían que no se drogaban y que no veían ningún problema”. Este es uno de los escollos principales que hay que superar al inicio del tratamiento. “Darse cuenta de que no estás teniendo una conducta sana es muy duro, incluso para los adultos. Mientras tanto, se pueden trabajar otras cosas”, coincide Devi Uranga, directora del servicio de atención a las adicciones de la Comunidad de Madrid, un servicio público pionero en España que también trata a adolescentes a los que se les ha detectado un uso abusivo de las nuevas tecnologías. “Es importante que tomen conciencia del problema que tienen porque eso trae muchos cambios, pero requiere paciencia y sintonizar con el ritmo del adolescente”. Cuando se dan cuenta, empiezan a comprometerse con el proceso y responsabilizarse de lo que les está pasando.

Fase 2: Límites y habilidades sociales

“Después de ver lo nervioso que se ponía antes y después de jugar, intentábamos que el niño no usara mucho la videoconsola”, explica Nayibe. Como primera solución, se les ocurrió limitar el tiempo que pasaba jugando. Pero cuando llegaba la hora de apagarla se ponía agresivo, decía que apenas habían pasado unos minutos y acusaba a sus padres de querer engañarlo. “Le pusimos un temporizador para que fuera consciente de cuánto jugaba. Pero a las dos horas, él seguía asegurando que solo habían pasado 15 minutos”. A esto se unía su obsesión por ver vídeos de YouTube de gamers. De repente, Nayibe y su marido se encontraron discutiendo a gritos con su hijo a diario.

“Era frustrante porque yo había puesto muchas normas, había hecho todo lo posible por que esta situación no pasara”. Nayibe asegura por teléfono que se le ponen los pelos de punta al recordarlo. En este caso, los límites inflexibles estaban resultando contraproducentes. “En la primera sesión, a los niños se les entregó un papel con las nuevas normas. Mi hijo me preguntó si estaba dispuesta a cumplirlas: eran menos restrictivas que las que ponía yo en casa”.

“Plantear normas de uso desde el principio depende de cada caso. En algunas situaciones, pero casi nunca, se recomienda quitarlo por completo durante varios días. Solo si el abuso está afectando a grandes niveles a su desarrollo”, explica Devi Uranga, directora del servicio de atención a las adicciones de la Comunidad de Madrid. “Empezamos a dotar de normas y límites, estimulando un uso responsable, con un horario, en unos espacios concretos, respetando el tiempo que están en familia o en el centro educativo”, añade Tocón.

“Después de que los adolescentes entiendan que necesitan el tratamiento y de establecer límites, se utiliza la terapia de grupo para trabajar el desarrollo de las habilidades sociales: la escucha, la empatía, el respeto a los demás, la solidaridad y el control del impulso”. Uno de los síntomas más comunes entre los adolescentes con adicción a los videojuegos o la tecnología es precisamente el deterioro de habilidades sociales y el aumento de los conflictos familiares. “Se reduce su capacidad para resolver conflictos y empiezan a abandonar sus responsabilidades diarias personales y familiares. También educativas: el fracaso escolar es muy significativo. Empiezan a estar más tiempo dentro que fuera de casa y cada vez pasan más tiempo a solas con sus aparatos”, explica Tocón.

Fase 3: Volver a confiar

“Es importante entender que nunca nada es 100% responsabilidad de quien tiene la adicción”, explica Uranga. “No es solo suya o de la generación en la que han nacido o de los padres. Hay que ver cómo se relacionan todos estos factores para haber dado lugar a esta actitud disfuncional. Lo importante es aprender a responsabilizarse de la parte que le corresponde a cada uno”. Precisamente por esto, las terapias con adolescentes que tienen problemas con la tecnología suelen implicar a toda la familia.

Los comportamientos problemáticos que se dan antes de acudir al tratamiento hacen que la familia esté muy condicionada emocionalmente. “Llegan con dificultades en casa, todos están enfadados y ya no confían los unos en los otros, muy probablemente, porque ha habido engaños e incluso robos”, explica Tocón. “Como parte del tratamiento, se intenta reestablecer el daño que se ha hecho en las relaciones familiares”.

La desconfianza se genera porque la familia no sabe muy bien qué está pasando y por qué sus hijos han cambiado su comportamiento. “La familia está muy sensibilizada con las personas enganchadas a sustancias. Están muy alerta porque es algo obvio. Sin embargo, la adicción a la tecnología o los videojuegos pasa desapercibida más fácilmente porque no saben exactamente qué están haciendo sus hijos con el móvil”, explica Marian García, experta en adicciones del Consejo Nacional de Psicología. “Por más que los he cuidado… Piensas: ¿en qué momento pasó esto y no me di cuenta? Nadie alcanza a imaginar el riesgo que supone que creas que tu hijo está a salvo solo porque está contigo en casa. Te relajas. Piensas: lo estoy viendo, no le está pasando nada. Pero sí que le está pasando”, se sincera Nayibe.

Fase 4: El problema detrás de la adicción

La hija de Nayibe no podía vivir sin recibir feedback de Instagram. Subía sus fotos a páginas donde otros usuarios le ponían nota. Nayibe se alarmó cuando descubrió este comportamiento de su hija, sobre todo cuando vio que las imágenes que los usuarios mandaban eran cada vez más provocativas: así conseguían mejores notas. Su dependencia acabó afectando a su autoestima y a la imagen que tenía de sí misma. “Me decía que odiaba sus piernas, que se veía gorda; se lo comía todo o de repente dejaba de comer. Instagram le minaba la moral”, cuenta Nayibe.

Esta necesidad de recibir likes y halagos era lo que mantenía a su hija enganchada, sin darse cuenta de que estaba perjudicando su autoestima. “He tenido casos de gente que viene a consulta con problemas con los likes. Quieren tener más que el resto, ser más importantes, más queridos. Esto genera malestar, insatisfacción, autoestima muy baja e incluso depresión”, explica García.

Por eso, otra de las partes del tratamiento consiste en trabajar con los adolescentes su área emocional. “Probablemente tengan complejos y se sientan inferiores. Pueden ser muy listos y agresivos, pero detrás hay una autoestima baja, una imagen de sí mismos bastante deteriorada”, explica Tocón. “Se sienten incapaces de resolver problemas que tienen fuera y se quedan jugando, que es lo que se les da bien”. La clave es averiguar qué están tapando con el uso excesivo de las redes sociales y esa necesidad de gustar a los demás para sentirse bien. “Hay una parte de recompensa por poco esfuerzo o de huida, la necesidad de llenar un vacío que le pueda resultar angustioso y que no sepa gestionar de otra manera”, añade Uranga.

Fase 5: Vivir con la tecnología

La adicción a los videojuegos y el abuso de la tecnología comparte muchas características con las adicciones a las drogas. “Lo que buscan jugando es lo mismo que lo que buscan consumiendo”, explica Tocón. El sistema de recompensa funciona de forma similar en las dos situaciones: durante una adicción, el cerebro no segrega dopamina de forma natural o necesita más de la que tiene. Los videojuegos, las redes sociales, los dispositivos, comportamientos como las compras compulsivas o las sustancias se convierten en el desencadenante placentero que genera la dopamina. Cuando el cerebro vuelva a necesitarla, el adicto volverá a consumir o a jugar para obtenerla.

Pero a diferencia de otras adicciones en las que se busca que el adicto no vuelva a estar en contacto con la sustancia, en el caso de la tecnología se busca que aprenda a utilizarla. “Es complejo porque los límites son difusos: no esperamos que los adolescentes vivan ajenos a la tecnología, es imposible. Tenemos que conseguir que aprendan a usarla bien”, explica Uranga. Los hijos de Nayibe están aprendiendo a hacerlo siendo conscientes de los límites. De momento, han empezado a utilizar el teléfono fijo para hablar con sus amigos. Ella ha recuperado su autoestima. “Se ve preciosa”, asegura Nayibe. Él ha vendido la videoconsola y se ha comprado una bicicleta.

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