Una debacle histórica que entierra un ciclo

Aunque el formato exprés de la Champions entusiasma al planeta, languidece en directo en tierras lisboetas, pues no sonó un fado pero bien que pudo haberlo hecho en Da Luz, melancólico el estadio sin afición que alimentara a los jugadores con su jarana y pasión, quizá enfado o frustración. Nada que apagara al Bayern, un ciclón sin remedio para la temblorosa zaga del Barça, que en el primer tiempo cogió torticolis de recoger la pelota de su portería. Una mala costumbre europea azulgrana en los últimos años abonada por una defensa que no dio pie con bola.

Semedo apenas conectó un pase bueno desde la raíz como le sucedió también a Alba, Busquets, Lenglet e incluso Ter Stegen, solo en pie Piqué hasta que bajó los brazos como el resto.

“No somos un conjunto de la Bundesliga, somos el Barcelona, el mejor equipo del mundo”, soltó con gallardía Arturo Vidal antes del duelo. Le salió cara la bravuconada, toda vez que el Bayern fue mucho más azulgrana que el Barça, con un excelente juego posicional y con un discurso bien guardiolista —”Es un gran equipo que ha inspirado a muchos entrenadores”, aceptó el técnico Flick—, pues presionaba con fiereza y plantaba la línea defensiva en el centro del campo. Un riesgo porque cuando el Barça superaba la primera línea de presión llegaba a Neuer, pero también un acierto porque el acoso y derribo en campo ajeno descolocó al Barça y a su destartalada defensa.

Como esa pérdida de Semedo que propició la carrera y centro de Perisic, la dejada de Lewandowski hacia atrás y el remate a gol de Müller. O esa otra de Sergi Roberto que Gnabry aprovechó para dársela a Perisic y festejar otro gol. O la de Lenglet, que Thiago convirtió en un pase de gol para Gnabry. Jauja para el Bayern que Müller redondeó antes de acabar el primer acto con otro remate y otro gol. Fue la capitulación del Barça de Setién, pero también fue el final de este equipo con una goleada que recordó a la final de Atenas 94 ante el Milan (4-0), que supuso el final del Dream Team de Johan Cruyff.

Un descalabro resumido en dos datos: fue la primera vez que el Barça encajaba cuatro goles en el primer tiempo en toda la historia de la competiciones europeas; también la primera que recibe ocho goles en la Copa de Europa. Más o menos como en la Liga, ya que en los últimos 67 años solo el Zaragoza fue capaz de acercarse a eso en la Romareda (1994), en un duelo que acabó 6-3.

Pero es que fue el mismo Barça que cayó con estrépito hace poco más de un año en Anfield ante el Liverpool, con los únicos cambios de Semedo por Rakitic y de De Jong por Coutinho. Poco o nada cambia en el conjunto azulgrana, que con 29 años y 329 días de media se convirtió en el once más veterano en toda la historia de la Liga de Campeones. Se lo miraba desde el banquillo Griezmann —durante el primer tiempo—, el fichaje de los 120 millones, para certificar que ha perdido definitivimante la etiqueta que le puso Setién de “indiscutible”. Aunque lo único que no admitía réplica en Da Luz es la superioridad bávara.

Así lo explicó Davies tras el gol de Suárez, pues bailó en el área ante la pasividad defensiva —Semedo, una vez más, de por medio— para dar el pase de gol a Kimmich, para el quinto. El sexto fue de Lewandowski y el séptimo y el octavo, de Coutinho, Setién cruzó los brazos en el banquillo. Será su fin como entrenador azulgrana; también el fin de un equipo que lo ganó todo y se ha perdido por el camino.

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