El fútbol más impredecible asalta la Champions de Lisboa

La Copa de Europa más anómala de la historia ha deparado unas semifinales acordes con las excepcionalidades que pauta la pandemia. A la descorazonadora frialdad que transmiten estados vacíos en duelos que hubieran reventado graderíos, a la ausencia del colorido y la algarabía que hubieran teñido y agitado las calles de la fascinante Lisboa, se han sumado unas inesperadas semifinales marcadas por el doble enfrentamiento franco-alemán. Por Alemania, el renacido e intimidante Bayern, un clásico y único campeón superviviente, y el Red Bull Leipzig, una entidad con once años de historia nacida de la atracción que el fútbol genera en las grandes marcas. Por la parte francesa, el París Saint Germain, un club estado que concibe el título como el único colofón posible a sus rompedoras inversiones de mercado, y el Olympique de Lyon, que revive sus felices años 90 y comienzos de siglo en los que se asomó a la primera línea del fútbol europeo. Un par de clubes como representantes de las dos naciones que han conquistado los dos últimos mundiales, Alemania en 2014 y Francia, en 2018: Leipzig-PSG este martes y Bayern-Lyon el miércoles.

Ni rastro de la Premier y LaLiga, que se jactan de venderse al planeta fútbol como organizadoras de las dos mejores ligas del mundo. “Liga de granjeros”, ironizó en sus redes sociales Kylian Mbappé para aplaudir la victoria del Lyon sobre el City y defender la competitividad del campeonato francés.

Por su poderío económico, Inglaterra podrá seguir compitiendo por colar equipos en las rondas finales. No parece tan claro que el varapalo que ha sufrido el fútbol español sea un mero accidente. Hay dudas evidentes sobre la vigencia del modelo con el que instauró su hegemonía. Los recortes financieros amenazan tanto con la fuga de talentos como con la capacidad para captarlos en el extranjero.

La presencia del Bayern, cinco coronas, y del millonario PSG, son una normalidad dentro de las rarezas del torneo, con su formato de fase final a ocho y partido único. Esto último ha hecho bueno el manido “a un partido todo es posible”. Y cuando se cumple fortalece una de los pilares sobre los que creció y sostiene la masiva atracción por el juego. Frente a las aspiraciones de dirigentes que pretenden competiciones exclusivas, esta atípica Copa de Europa reivindica el encanto de que el pequeño derribe al grande. El Leipzig fue verdugo del equipo poseedor del jugador más caro, João Félix, y el Lyon ha dado cuenta de otro club patrocinado por un estado. Puede que estas semifinales sean perjudiciales para el negocio, pero no para la pureza del fútbol. No están el Real Madrid, rey del torneo, ni Messi ni Cristiano, amargados y dudosos de si Barcelona y Juventus son ideales para seguir compitiendo. Está el Leipzig, orgulloso de representar el soplo de aire fresco que supone el osado e innovador Julien Nagelsmann. Está el Lyon, del metálico y concienzudo Rudi García que, como Tomas Tuchel con el PSG, dirige un equipo que viene de un parón de seis meses sin apenas competir. Otra arista sorprendente de la anormalidad que preside todo. “Llevemos seis meses de pretemporada y ahora parece que estamos jugando partidos en China”, advierte un miembro del cuerpo técnico del PSG para corroborar la mayor de todas las anomalías que ha generado el coronavirus. Sin la pasión del hincha, el fútbol pierde a su mitad más vital.

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