El turista nacional sostiene la temporada en Galicia

Playa de Silgar, en Sanxenxo, con las parcelas para garantizar la distancia social en primer término.
Playa de Silgar, en Sanxenxo, con las parcelas para garantizar la distancia social en primer término.OSCAR CORRAL / EL PAÍS

Miguel Ángel Sánchez baila con su hijo al son de los ensayos de un pequeño concierto que animará la noche a los veraneantes de Sanxenxo. Aunque llegó hace dos semanas, este empresario de 50 años aún no ha pisado su Pontevedra natal, a solo 20 kilómetros, para disfrutar de las siempre abarrotadas fiestas de agosto. “Este año el tema de salir se mira más. Es un veraneo tranquilo”, confiesa. Vive en Madrid, pero el niño luce orgulloso una mascarilla con la bandera de Galicia. Ataviada con traje de baño y deportivos, la pareja apura los últimos minutos antes de volver a una de las 11.000 segundas residencias que trufan la capital del estío en la comunidad. Este año han faltado pocos de los habituales, lo que ha ayudado a que Galicia salve su verano más difícil gracias al turista nacional.

El Rey emérito da nombre al puerto deportivo de Sanxenxo, que ya no bulle como antes por las noches, pero generó unos ingresos de 75.000 euros para las arcas municipales en julio. Es un 23% menos que en el mismo mes de 2019: el verdadero indicador de lo que ha descendido el turismo por culpa de la covid-19. Telmo Martín, alcalde de un municipio que tiene 17.000 habitantes en invierno y supera los 100.000 en la época estival, respira aliviado: “No es un año para tirar cohetes, pero tampoco para lamentarnos de que se acaba el mundo”. A diferencia de lo que ocurre con otras localidades de la costa española, en Sanxenxo apenas hay hoteles o restaurantes cerrados, y las autoridades municipales calculan que la ocupación rondó el 50% en julio, en la media de la comunidad. Para agosto, el objetivo es acercarse al 70%.

Nadie podía imaginarse estos datos cuando Martín se tiró en una tumbona en una nublada mañana de mayo para presentar la idea que situó al municipio en el radar de la prensa internacional: un sistema para parcelar la playa urbana de Silgar a través de unos postes de madera conectados por cuerdas, que permiten al usuario dibujar su propio espacio y disfrutar del sol sin miedo a contagiarse. Como la mayoría de los turistas, Joseba reconoce —entre risas— que se decanta por la zona libre del arenal, mucho más codiciada, aunque apoya la medida: “Este año hemos preferido esto al Mediterráneo debido a la covid”, explica, mientras recorre el paseo en busca de una mesa vacía para comer en familia.

Con una incidencia de la pandemia muy inferior a la del conjunto de España y el porcentaje más alto de playas de baja ocupación, Galicia se ha ganado la imagen de destino seguro. Pero, al igual que las demás comunidades del norte del país, ha evitado la hecatombe por otro motivo que, hasta el año pasado, era su punto débil: el bajo porcentaje de turistas extranjeros. De los 5,1 millones de viajeros que llegaron a la comunidad en 2019, solo 1,4 procedían del exterior. Este verano, las regiones limítrofes han impulsado la demanda en julio, mientras que en agosto Madrid está siendo el principal emisor, según los datos de la Asociación de Viviendas Turísticas de Galicia.

El paseo marítimo de Sanxenxo constituye una paleta con los colores de todos los equipos de LaLiga, y apenas se ve alguna camiseta del Oporto. “Los portugueses se han extinguido”, describe gráficamente Carlos, de 57 años, con un pesimismo que solo desaparece de su rostro cuando piensa en unos conocidos de Baleares golpeados por la ausencia de los visitantes alemanes. “Nosotros, aunque nos quejemos, tenemos gente y vamos zafando”, añade ante la mirada de su hijo y ayudante. El negocio de chanclas que regentan frente a la playa luce desértico, pero en agosto, asegura, ya han recuperado el nivel de ventas del año pasado.

El turismo supone el 10,4% del PIB gallego y en 2019 daba empleo a 123.000 personas. Unas cifras que no habían dejado de crecer en los últimos años hasta generar 314 millones solo en ingresos hoteleros. Pero la pandemia ha cambiado el perfil del visitante: gasta menos y opta por apartamentos o viviendas aisladas, agotadas ya hasta final de mes. César Ballesteros, presidente de la Asociación de Empresarios de Hospedaje de Pontevedra, reconoce que la mayoría de las estancias son de dos o tres noches —antes predominaban las de una semana—, pero confía en cerrar agosto con beneficios: “Las altas temperaturas nos están ayudando mucho”. El que para los gallegos está siendo el verano más cálido del último medio siglo se ha convertido, paradójicamente, en un refugio contra la canícula que ha azotado el centro de España.

Miedo a los rebrotes

Los visitantes se deciden a última hora, muy pendientes del tiempo y, este año, también de los rebrotes. En A Coruña llueve a cántaros y solo unos pocos turistas completan los 242 escalones que conducen a lo alto de la Torre de Hércules. El faro romano, Patrimonio de la Humanidad, ha restringido su aforo con motivo de un foco que deja ya más de 600 casos en el área sanitaria y ha obligado a suspender las fiestas. El ambiente desangelado contrasta con las altas previsiones de ocupación, que se mantienen en el 85% para este fin de semana.

Lanzada Calatayud, gerente del Consorcio de Turismo, reconoce que A Coruña sufre una crisis de reputación desde el pasado 20 julio, cuando el Fuenlabrada viajó a la ciudad con siete contagiados y acabó confinado en un hotel de cinco estrellas. “Todo nuestro trabajo se vino abajo”, lamenta, e incluso baraja suspender la campaña que promociona la urbe como un destino seguro.

Galicia fue la primera comunidad que obligó a rellenar un formulario a los visitantes procedentes de territorios con alta incidencia de la pandemia, pero el peligro de un repunte de la covid-19 sigue ahí. Es la obsesión del alcalde de Sanxenxo, que ha retirado la mitad de las papeleras por miedo a que se conviertan en un foco de infección. Y también la de muchos de los vecinos, que, como Ricardo Alarcón, intentan sacar adelante sus negocios tras un primer semestre nefasto. “Como en septiembre venga el rebrote, esto se acaba”, comenta preocupado. El hostelero coloca cuidadosamente las servilletas en las mesas del restaurante, que goza de unas vistas privilegiadas hacia las cuadrículas de Silgar. Además de a los turistas, el establecimiento da de comer a toda su familia y a una decena de empleados —también este año— desde hace un cuarto de siglo.

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