Beirut, el tamaño de la desgracia

Hiba tiene siete años, y cara de cansancio. Mucho cansancio para su edad. Está en el parque de Karantina, una de las zonas afectadas por la última tragedia que ha venido a recordarle al Líbano que siempre pueden morir más personas por nada, que siempre algo más puede venir a reventar almas, que siempre se puede herir o matar, despojar de todo y aterrar a cientos de miles de niños para los que esto no va a ser fácil.

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Quizás Hiba sí lo consiga. La conocí en el parque donde trabajamos con ONG en actividades recreativas y apoyo psicosocial, una de las formas de ayudar a los niños a extirpar el terror de sus pequeños huesos y evitar que les carcoma para siempre. Es delgada, morena, lleva cola de caballo y un vestido marrón que prolonga su manto de tristeza. O de preocupación. Sí, se la ve preocupada y aún incapaz de entender qué ha pasado ni por qué. Ha dibujado una casa de muchos colores, le pregunto si es la suya y me dice que sí. Le pregunto cómo está su casa y me dice que le falta una pared —sigue sin entender por qué. Le pregunto cómo está su familia y me dice que su hermana está herida, en la cabeza. Le pregunto que si está en el hospital —no, en casa, con ocho puntos en una brecha que cualquier pedazo de cristal asesino le abrió. “¡Qué bien! ¿Estás contenta de que tu hermana esté en casa?” —parece que va a sonreír, casi, pero no, su comisura vuelve a caer entre una honda preocupación y la incomprensión.

Cientos de miles de niños —las estimaciones dicen más de 600.000— están atrapados en ese círculo de haber vivido una experiencia demasiado traumática. Más de 600.000 en este pequeño pedazo de tierra que ocupan 4,5 millones de libaneses y unos dos millones de refugiados, sirios y palestinos. En este pedazo de tierra donde el estruendo de una explosión apoteósica no deja escuchar el silencioso desprecio de una devastadora crisis económica por las vidas de quienes siempre tienen menos, mientras la covid-19 afila sus garras en este país de frágil desequilibrio institucional.

Parece que podría romperse en mil pedazos. Beirut es desgarrador, sangra, grita y llora.

Pero no. La gente no abandona. El mismo día que a Hiba, conocí a Nisrine, una chica de 18 años con más agallas que un escuadrón curtido en mil batallas. Ella es voluntaria de Al Makassed, ONG que es parte de nuestro programa de desarrollo de la juventud. Los fines de semana coordina a grupos de jóvenes que se han echado a la calle para ayudar a la gente y para reconstruir su país, blindados con recursos de formación, herramientas y suministros que proporciona UNICEF.

Nisrine habla con firmeza, imbatible, con la mirada alta, grande: ‘creo en el poder de los jóvenes y creo que tenemos el poder para recuperar Beirut’

Limpian escombros, hacen pequeñas reparaciones en viviendas y locales de negocios, cocinan y distribuyen comida a familias afectadas, cosen y distribuyen mascarillas… Son más de mil, son emocionantes, son contagiosos. Nisrine habla con firmeza, imbatible, con la mirada alta, grande: “Creo en el poder de los jóvenes y creo que tenemos el poder para recuperar Beirut”.

No es la única voz que emerge entre los amasijos retorcidos para ponerse manos a la obra y reconstruir Beirut —dice Nisrine que por octava vez—. Quiso la coincidencia que días después de conocernos, volviéramos a vernos junto a un símbolo de la reconstrucción tras la guerra civil (1970-1995), Beit Beirut, también afectado por este desastre. También, como las almas de este país, sea cual sea el tamaño de la desgracia en este pequeño pedazo de planeta. Necesitan ayuda, mucha ayuda.

Raquel Fernández es jefa de comunicación y alianzas privadas en UNICEF Líbano.

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