Los nuevos máximos de Wall Street ahondan la brecha con las Bolsas europeas

¿Pandemia? ¿Qué pandemia? Las Bolsas estadounidenses siguen en piloto automático, ajenas a las turbulencias de la economía real. Y caminan en zona de máximos históricos al calor de los estímulos para sacar a la primera potencia mundial del mayor agujero desde la II Guerra Mundial y de la ausencia de activos rentables en un mundo de tipos de interés bajo cero. Al otro lado del Atlántico la tendencia no podría ser más divergente: la renta variable europea permanece abonada en las últimas semanas a la atonía pese a haber dejado atrás ya los mínimos. Las acciones del Viejo Continente, repiten los analistas, están muy baratas en comparación con EE UU. Pero el orden de preferencias de los grandes fondos de inversión sigue siendo otro.

Los mínimos de mediados marzo, cuando Wall Street tocó fondo tras un severo varapalo de varias sesiones consecutivas parecen ya muy lejanos: desde entonces, el S&P500 (el índice más representativo del parqué Nueva York) sube más de un 50%, reponiéndose —y de qué manera— del golpe de la pandemia y pulverizando sus máximos históricos de febrero pasado. Al otro lado del Atlántico, el Eurostoxx, que reúne a los 50 mayores valores de la zona euro, narra una historia diferente: recupera casi el 40%, sí, pero sigue otro 40% por debajo de su cumbre, hace justo dos décadas. Mucho ha llovido desde entonces: la crisis de las puntocom, los atentados del 11-S, la Gran Recesión y, ahora, el zarpazo del coronavirus. El rezago del Ibex 35 español es aún mayor: el dominio sectorial de los valores financieros y de las energéticas (suman casi la mitad de su capitalización total) y el hundimiento de las firmas turísticas lastran al selectivo español, que apenas recupera un 15% desde su suelo del 16 de marzo, justo después del inicio del estado de alarma.

La separación de ambos caminos —“espectacular”, en palabras del jefe de análisis y gestor de renta variable europea de la gestora Lazard, Régis Bégué— tiene origen tanto en la fe de los inversores por los estímulos fiscales y monetarios estadounidenses como, sobre todo, en la propia composición de los índices: las grandes tecnológicas mundiales (Apple, Amazon, Microsoft, Google y Facebook; que están volando gracias al cambio de hábitos que ha traído la pandemia) cotizan en EE UU y la representación de este sector en los parqués europeos es mínima. Philipp Lienhardt, jefe de análisis de cotizadas del banco privado suizo Julius Baer, le pone cifras: la exposición del S&P500 a la digitalización (tecnología, ventas por Internet, entretenimiento en línea) es de casi el 40% —la mitad de ella, gracias a los cinco valores citados—, 30 puntos porcentuales más que las Bolsas de la eurozona.

Evolución de las Bolsas

en el último año

Base 100 = 22 de agosto de 2019

ESTADOUNIDENSES

150

140

130

120

110

100

90

80

70

60

Nasdaq

149,74

Standard

& Poor’s

116,00

Euro

Stoxx 50

96,62

IBEX

80,10

Fuente: Bloomberg.

EL PAÍS

Evolución de las Bolsas

en el último año

Base 100 = 22 de agosto de 2019

ESTADOUNIDENSES

150

140

130

120

110

100

90

80

70

60

Nasdaq

149,74

Standard

& Poor’s

116,00

Euro

Stoxx 50

96,62

IBEX

80,10

Fuente: Bloomberg.

EL PAÍS

Evolución de las Bolsas en el último año

Base 100 = 22 de agosto de 2019

ESTADOUNIDENSES

150

140

130

120

110

100

90

80

70

60

Nasdaq

149,74

Standard

& Poor’s

116,00

Euro Stoxx 50

96,62

IBEX

80,10

Fuente: Bloomberg.

EL PAÍS

Y si la asincronía de las Bolsas estadounidenses con las europeas es grande, aún más llamativo es su desacoplamiento respecto a las constantes vitales de la economía real: EE UU, pese a los tambores de recuperación, viene del mayor batacazo de PIB de su historia moderna. Aquí, sin embargo, hay cierto truco. Primero, porque los inversores ya dan por superado el Rubicón de la crisis y porque, aunque el goteo de datos negativos seguirá en los próximos meses, la atención se centra más bien en una reactivación que pinta más vigorosa de lo que se intuía allá por marzo. Y la Bolsa, ya se sabe, es más un juego de expectativas que de hechos consumados. Segundo, porque mientras los tipos de interés sigan en cero —y nadie duda de que queda aún pasará tiempo hasta las primeras subidas de la Fed— y los mercados sigan inundados de liquidez, las alternativas de los inversores estadounidenses a los parqués son mínimas. Y tercero, porque la Casa Blanca —con unas elecciones a las puertas— seguirá tirando de chequera y eso es caviar para los oídos de los inversores. En las últimas semanas se suma, además, otro viento de cola: el dólar, en mínimos de dos años y medio, alimenta las compras de los inversores foráneos —que, al cambio, tienen que pagar menos por los títulos de Wall Street— y espolea las cuentas de resultados de las grandes empresas estadounidenses con negocios en el exterior, que son prácticamente todas.

En las plazas europeas, en cambio, prevalece un eterno todo de promesa. “Creemos que los beneficios de las compañías de la eurozona seguirán los pasos de EE UU el año que viene, tras una recuperación tangible en la segunda mitad de 2020”, esboza Lienhardt, de Julius Baer. “Los pasos dados hacia una mayor integración fiscal en la eurozona son alentadores y deberían ser un apoyo a largo plazo. Pero muchos programas de protección del empleo a corto plazo [como los ERTE en España o el kurzabeit en Alemania] están cerca de expirar, lo que podría aumentar el desempleo”, completa Esty Dwek, gestora de Natixis IM. “Y, finalmente, están los beneficios empresariales, que se han demostrado más resilientes en EE UU”. Ambos confían en un estirón de la renta variable europea a medio plazo, pero los cimientos sobre los que se asienta el rally estadounidense aún parecen sólidos. Al menos, a ojos de los inversores.

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