Atacados por un oso Grizzly

Nick Bullock, en una escalada.
Nick Bullock, en una escalada.

Cuando Nick Bullock y Greg Boswell alcanzaron, finalmente de madrugada, el hospital de Banff (British Columbia, Canadá) aún no podían creer que iban a contar lo que iban a contar a los médicos y enfermeros de la pequeña localidad, famosa por su festival de cine de montaña y por su naturaleza salvaje. Estaban en invierno, en la meca de la escalada en hielo y acababan de escapar de una pesadilla, de la clase de pesadilla con la que en la zona se advierte a los niños para que no hagan incursiones en los bosques aledaños. En estos días de pandemia, las grandes montañas heladas del planeta quedan más lejos que nunca, así que para no caer en la depresión, Nick Bullock recorre las escuelas españolas de escalada mientras busca, quizá, un editor en castellano para su excelente libro Echoes y lamenta haberlo escrito antes de poder incluir la historia que aquí se refiere.

La pareja británica deseaba escalar una vía bautizada como Dirty Love, aunque la aproximación a la vía era en sí misma una aventura. Salieron temprano del coche, y durante horas abrieron huella en la nieve profunda, escalaron varios largos, volvieron a abrir huella y a las 7 de la tarde alcanzaron el punto donde arrancaba su objetivo. Satisfechos tras horas de esfuerzo, dieron media vuelta contando con regresar en dos días, con la huella abierta, conociendo bien el terreno y concentrados ya únicamente en su objetivo. Estaban cerca del lugar donde habían depositado sus cuerdas, piolets y crampones: desde ese punto tendrían que rapelar lo que habían escalado con anterioridad. Avanzaban a la luz de sus lámparas frontales, confiados, satisfechos, con ganas de descansar al día siguiente y regresar con fuerzas. Bullock es uno de los mejores escaladores británicos de la historia, muy conocido además por su capacidad divulgativa, heredero de la impecable tradición inglesa que defiende un principio sencillo y veraz: lo mejor de una ascensión se perpetúa con su relato.

Sumido en la oscuridad y en sus pensamientos, Bullock notó un movimiento, una corriente de aire que agitó la nieve fría y suelta. “¡Oso…!”. El chillido de pánico de Greg Boswell lo dejó plantado, pero lo que vio después lo congeló: Boswell pasó a su lado corriendo, tropezando, perseguido por un oso Grizzly que mostraba sus fauces y su musculatura, abriéndose paso en la nieve profunda sin dificultad. En el posterior relato que Bullock escribiría, recordaría cómo “la nieve me salpicó y, entonces, el oso fijó en mi su mirada. Si hubiese podido pensar en algo, hubiese pensado que así iba a ser mi final, devorado por un oso. Pero en ese momento Greg se cayó y el animal pardo concentró en él su atención”. Fue entonces cuando el cuerpo de Bullock empezó a correr en dirección opuesta, huyendo, la cabeza estallando en un grito de terror que animaba el movimiento de sus piernas. Su miedo no tenía nada que ver con el miedo a caer escalando, o a perecer enterrado por una avalancha. Esos eran miedos con los que había aprendido a convivir, a los que sabía medirse. Pero lo que sentía ahora no parecía manejable: solo gritaba su instinto de supervivencia y no le importaba que el oso se comiese a su amigo si a él lo dejaba en paz. Pero entonces, otro grito vino a mezclarse con el grito que agitaba su cerebro. Era Greg. Gritaba su nombre y le pedía ayuda. A él. El oso le había mordido el gemelo, justo donde acababa su bota.

Bullock se detuvo, se giró y desanduvo hacia su amigo y el oso, sabiendo que moriría también. Una sombra se plantó ante su linterna: ¡era Greg, en pie! Gritaron como locos y empezaron a correr bosque abajo, siguiendo las huellas dejadas esa tarde. Greg suplicaba a su amigo que no lo abandonase. Dieron con sus piolets y crampones. Las cuerdas para rapelar y huir estaban apenas a cinco minutos. Pero ahora estaban armados con sus piolets. Decidieron que si el oso regresaba no huirían, se enfrentarían a él con sus piolets, clavándoselo en la cabeza… no eran más que vagas ilusiones: ambos sabían que el animal los despedazaría. Se repetían ahora que estaban juntos en esto, pero la combinación de oscuridad y bosque los aterrorizaba. Tan solo tenían que encontrar pronto las cuerdas… pero en sus desesperación, siguieron las huellas equivocadas: no eran sus pasos, eran los del oso, algo que entendieron apenas una hora después, completamente perdidos. Pensaron en escalar un árbol y esperar al amanecer, pero Greg sangraba en abundancia y el frío anunciaba una hipotermia casi segura. La única manera de encontrar las cuerdas era regresar hasta el lugar del ataque y empezar de cero. Tomar esa decisión les costó mucho, pero fue lo correcto. Mientras Greg rapelaba, Nick hacía guardia esperando su turno, con ambos piolets en alto, el pavor en los ojos. Casi cinco horas después de sufrir el ataque, alcanzaron el parking, y dos horas después llegaron a Banff, despertando al personal sanitario que nunca imaginó que escucharían lo que escucharon.

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