La nueva vida de Napster: de cambiar la industria de la música a valer apenas 60 millones

Logotipo de Napster
Logotipo de NapsterAlexander Pohl / NurPhoto via Getty Images

La marca Napster busca su lugar en el mercado después de varias intentonas fallidas. Hubo un tiempo, a principios de siglo, mucho antes de que se popularizase el streaming de canciones o de que naciesen YouTube o Spotify, en el que esta compañía cofundada por Sean Parker (también cofundador de Facebook) y Shawn Fanning era la gran estrella del firmamento tech. Con su invento, una red entre ordenadores de todo el mundo (p2p, que significa peer to peer, es decir, red entre pares) para compartir archivos musicales, los entonces ubicuos mp3, no solo hizo añicos a la industria discográfica de entonces. “Gracias a Napster, la gente se dio cuenta de que no quería pagar por un disco completo si solo quería dos canciones”, asegura Elena Neira, profesora colaboradora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la UOC. “El cambio de filosofía que impuso resulta palmario en los negocios actuales, desde Netflix hasta Spotify”.

Veinte años después de su caída, MelodyVR, una empresa británica dedicada a la emisión de eventos en realidad virtual, acaba de anunciar la adquisición de la matriz de la empresa, RealNetworks en una operación que valora a la compañía en 70 millones de dólares (casi 60 millones de euros al cambio). El pago se efectuará en efectivo (15 millones), en acciones de MelodyVR (11 millones) y en obligaciones de pago a sellos discográficos y editores musicales valoradas en otros 44 millones, según los datos que maneja el diario Financial Times. Napster y MelodyVR seguirán, al menos por ahora, funcionando como negocios independientes, y a medida que se establezcan los planes construirán una plataforma que incorpore tanto música inmersiva virtual en vivo como servicios de transmisión de música.

Vodafone, Bertelsmann, Roxio… Varios son los nombres que han tratado de buscar futuro a un nombre con mucho pasado. Napster ha sido en los últimos trimestres una empresa deficitaria como servicio musical en línea (streaming). Sus ingresos ascendieron a 106 millones de dólares el pasado año, según los datos de Statista, a años luz de los 6.706 millones del líder del sector, Spotify. Actualmente cuenta con unos tres millones de usuarios y 90 millones de canciones en catálogo. Nada que ver con lo que era a principios de siglo.

Napster fue la creación del programador Shawn Fanning y el emprendedor y programador Sean Parker, quien saltaría a la fama por ser uno de los primeros inversores (y primer presidente) de Facebook. Napster era un programa gratuito que permitía a sus usuarios (un pico de 80 millones en 2000) crear una red para intercambiar canciones en forma de archivos mp3 (de ahí lo de la red entre pares). Napster, en todo caso, no era un sistema puro para compartir estos ficheros, como sí lo es BitTorrent. En vez de eso, contaba con un servidor central que se dedicaba a indexar usuarios y archivos compartidos. Las transferencias, eso sí, sí se hacían de ordenador a ordenador. Sería este servidor central el que resultaría fatal para su futuro.

El programa debutó en junio de 1999 y su éxito fue masivo para las cifras de ese momento. La industria musical de hace 20 años poco sabía de descargas. Pero sí se daba cuenta de que se le iba el negocio por el sumidero. Las denuncias por infracciones del copyright se transformaron en el primer gran debate público sobre la naturaleza de los derechos de autor en la Red. “Lo más interesante de este sistema es que interactúas con tus compañeros, intercambias información con una persona de la calle”, aseguraba por aquel entonces el propio Fanning.

Napster se convirtió en el repositorio en el que se podía encontrar cualquier canción. Gratis. Tanto fue así, que la demo de I Disappear, una canción de Metallica que todavía no se había ni acabado se puso a disposición de los usuarios, lo cual llamó la atención de la RIAA (Recording Industry Association of America) y de la propia banda: el legendario grupo de trash metal fue uno de los principales arietes de la ofensiva. Llegaron, incluso, a reclamar a la empresa una indemnización de 10 millones y a poner sobre la mesa los nombres de unos 330.000 de sus fans que se intercambiaban sus canciones. ”Si vamos a vender nuestra música en Internet será de la forma que nosotros queramos, y no podemos hacerlo si el tipo de al lado la regala”, declaraba públicamente Lars Ulrich, el batería de Metallica. El rapero, productor y empresario Dr. Dre también se sumó a la batalla judicial.

I fought the law (and the law won), la canción de The Crickets (después de morir Buddy Holly) que popularizaron Bobby Fuller Four y The Clash explica perfectamente lo que sucedió con Napster a lo largo de 2000 y 2001. Sus abogados esgrimieron que estaban protegidos por la llamada Home Recording Act de 1992, que permitía la reproducción de archivos para uso personal. La RIAA argumentó que Napster no se adhería a las definiciones publicadas en la ley.

La discográfica alemana Bertelsmann se alió con la startup para crear una tienda legal bajo suscripción que terminaría fracasando. Mientras tanto, Napster encontró una posible solución: bloquear las canciones que los artistas o sus discográficas quisiesen bloquear. Después de varios parches y recursos de última hora, la jueza de la Corte Federal Marilyn Hall Patel decretó el cierre definitivo del servicio en julio de 2001. Para seguir operando, Napster tenía que hacer frente a una indemnización millonaria. No tenía los fondos, Bertelsmann intentó comprar la compañía, pero nada evitó que en 2002 se declarase en bancarrota.

Comenzaron entonces una serie de transacciones: la primera que se atrevió fue Roxio en noviembre de 2002. La empresa la reconvirtió en una tienda de música con el nombre de Napster 2.0. Seis años más tarde, sería el turno de Best Buy, que desembolsó 121 millones de dólares (85 millones de euros) con el fin de competir con iTunes de Apple y Amazon. En 2011 se fusiona con Rhapsody, el servicio de música en streaming rival de Spotify. Para sobrevivir, llegó a aliarse con Telefónica y Vodafone… hasta llegar a la compra anunciada hoy.

Cambio de modelo de negocio

La primera víctima de Napster fue, obviamente, la industria musical. “Napster lo que hizo fue dar un golpe en la mesa y cambiar las reglas de juego”, asegura Elena Neira, de la UOC. “El problema con los contenidos es que la industria ha querido mantener el control de cómo se iban a consumir. Ese modelo ya no existe, se ha roto por completo”. La huella de Napster no solo se puede observar en la preponderancia actual del streaming, sino en modelos de negocio como Netflix. “Sin ninguna duda, el modelo que ha adoptado Netflix cuando lanza su negocio digital se inspira en los modelos de torrents, en su manera de distribución y en el formato de estrenos. Y, al final, este consumo colaborativo y compulsivo viene desde Napster”.

“Una generación encontró en Internet la manera de compartir contenido sin pagar por él”, explica Guillermo de Haro, profesor del área de sistemas del IE. “El caso de Napster fue sintomático. La industria tumbó una empresa, pero no consiguió tumbar la tecnología que permitía el intercambio gratuito de archivos. Quien lo ha conseguido ha sido el modelo de negocio”.

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