Quim Torra y el pollo Mike

Los atriles de los Parlamentos dan para mucho. Incluso, para declaraciones que bien podrían servir de epitafios políticos. Una de las intervenciones del ahora expresident Quim Torra entra en esa categoría. Durante el pleno monográfico sobre la pandemia, en julio, el diputado Santi Rodríguez (PP) criticó al Govern por ir “como pollo sin cabeza”. Torra, que este lunes se ve apartado del cargo tras la confirmación de su inhabilitación por desobedecer a la Junta Electoral y a los requerimientos del Tribunal Superior de Cataluña, replicó que en una granja en Colorado (EE UU), en 1945, a un pollo lo habían decapitado y, ¡oh sorpresa!, “sobrevivió 18 meses con la cabeza cortada”.

El pollo, conocido como Mike the Headless (Mike el sin cabeza), se hizo famoso gracias a un reportaje de Life. El hasta ahora president (Blanes, Girona, 1962) pasará a la historia por un mandato errático. “Quiero decir que no es tan fácil acabar con los pollos”, aclaró entonces el jefe del Ejecutivo catalán entre las risas del hemiciclo. Su Govern casi dobló en supervivencia a la curiosidad animal (28 meses), pero siempre tuvo problemas para encontrar el camino. “Llegó pensando que a los pocos días saldría al balcón del Palau a declarar la independencia, y no”, asegura una influyente voz de una de las entidades independentistas.

El momentum, ese tiempo adecuado para volver a enfrentarse al Estado en clave secesionista que Torra tanto buscaba, nunca llegó. O fracasó en construirlo. Las relaciones entre los socios del Govern nunca dejaron de ser tensas. Y las emociones por el encarcelamiento de los líderes del procés y los “exiliados” siempre estuvieron a flor de piel.

En el mundo del activismo del que procede Torra no entienden, de hecho, por qué aceptó el puesto este abogado, extrabajador de una aseguradora, reconvertido en editor interesado en la tradición literaria y periodística de la Cataluña de los años 30. “Hasta horas antes de hacerse público que él era el elegido, defendía vía móvil apoyar la candidatura de Carles Puigdemont hasta el final”, recuerda esa misma voz. Torra peleó hasta el final para encontrar el punto medio entre el tono de un president y el patriota comprometido con la independencia.

Desde que tomó posesión, en mayo de 2018, según a quién se le pregunte, Torra fue ganando o perdiendo cabeza. Él mismo se puso la etiqueta de “vicario”, para darle continuidad al relato de restitución del autogobierno tras la aplicación del artículo 155 y con el que el expresidente Puigdemont, huido de la justicia en Bélgica, había logrado que su candidatura independentista fuera la más votada en las elecciones de 2017. La cabeza del Govern estaba en Waterloo y Torra ocupaba otro despacho del Palau de la Generalitat para remarcar el vacío que dejaba su jefe.

Con el tiempo, sin embargo, el vicario terminó encontrando su propia voz, incluso, a veces, discrepando de su valedor y planteando algún que otro órdago no solo a sus socios de ERC, sino también a su propio bando. “Es muy tozudo”, afirma un dirigente de Junts cuando se le pregunta por su mayor defecto. Torra nunca actuó en contra de lo que el entorno de Puigdemont quería, pero su imprevisibilidad siempre fue un riesgo: dejó a todas las bancadas sorprendidas, comenzando por la suya, cuando en octubre de 2019, en sede parlamentaria, propuso hacer un nuevo referéndum.

Tan pronto tomó posesión, cumplió una de sus primeras promesas: poner una gran pancarta en la fachada del Palau de la Generalitat pidiendo “la libertad de los presos políticos y el regreso de los exiliados”. La misma que después se negó a quitar en periodo electoral por petición de la Junta Electoral Central, que consideraba que el lazo amarillo era un símbolo partidista. El president jugó con el fuego de los plazos para retirarlo, cambió el mensaje por el de “libertad de expresión” para intentar evadir la restricción, pero la Fiscalía terminó querellándose por un delito de desobediencia. El Tribunal Supremo ha confirmado hoy la sentencia previa del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que le condenó a año y medio de inhabilitación, mientras su defensa espera llevar el caso hasta Estrasburgo.

En las bases del independentismo aún sangra una herida cuando recuerdan que Torra, en 2018, justo en el primer aniversario del referéndum ilegal del 1-O, pidió a los llamados Comités de Defensa de la República (CDR) “apretar” en la calle. Un año después, los Mossos d’Esquadra utilizaban la fuerza para acabar con los altercados en pleno centro de Barcelona tras conocerse la sentencia del juicio al procés. El pasado agosto, en diferido, el president logró hacerse con la cabeza del consejero de Interior, Miquel Buch, por esos hechos. Fue en la misma crisis de Govern que forzó para expulsar a Àngels Chacón, la única consejera que optó por quedarse en el PDeCAT y no entrar en el nuevo partido de Puigdemont. La confianza con las entidades independentistas, como la Assemblea Nacional Catalana, nunca se pudo recomponer.

“El president siempre ha sabido poner por encima de todo los intereses del país”, defiende uno de los líderes de Junts. Torra, en enero de este año, fue despojado de su escaño de diputado también por el caso de la pancarta y su partido alegó que Esquerra había participado en la operación. “Fue muy humillante para él”, añade esa misma voz. Nadie se imaginaba en ese momento que la pandemia estaba al caer. El cuerpo de los neoconvergentes pedía romperlo todo y dejar que las urnas decidieran. El entonces jefe del Govern, tras escuchar a todas las partes, decidió aprobar primero el presupuesto de la Generalitat (las cuentas estaban prorrogadas desde 2017) y después anunciar las elecciones, algo que nunca pasó.

Con la crisis del coronavirus Torra quiso mostrarse a la cabeza,”incluso hasta llegar a extremos obsesivos”, asegura un colaborador cercano. “Técnócrata de última hora”, le calificó la oposición en los últimos plenos. El president usó la crisis sanitaria para continuar con lo que fue el fondo de su mandato: el enfrentamiento contra el Estado. Sin embargo, tanto detractores y como defensores coinciden en afirmar que ha sido en la lucha contra la covid-19 en la que el president decidió tomar la iniciativa, imponiéndose ante sus socios por cuestiones sanitarias o de la gestión de las residencias. En el pasado pleno, su última sesión, trató de humillar al líder del PSC, Miquel Iceta, al retarle a responder sobre preguntas técnicas del riesgo de rebrote, la tasa de contagio o la incidencia en Cataluña, entre otras, con las que en los últimos tiempos llenaba sus intervenciones.

Durante la pandemia, el presidente catalán mezcló la deslealtad institucional ―por ejemplo, en su entrevista en la BBC en la que dijo que Pedro Sánchez impedía el confinamiento, o su silla vacía en la conferencia de presidentes de La Rioja, con la excusa de no ver al Rey― con la pinza con otros líderes autonómicos para presionar al Gobierno central. Y se apuntó algún tanto adelantándose al uso de la mascarilla o el confinamiento selectivo. Torra, al dar positivo en el coronavirus, se aisló en la Casa dels Canonges, la residencia oficial del presidente de la Generalitat, y desde allí pilotó la primera etapa de la crisis. Y trabaja en un dietario que recogerá “la epopeya” de comprar material sanitario durante esos días que se sumará a la más de media docena de libros que ya ha publicado.

Ante las críticas de supuesta parálisis o dejadez en la Generalitat, oficialmente se replica que durante su mandato se han aprobado 13 leyes (muchas se arrastraban desde el mandato de Puigdemont) y quedan 23 memorias preliminares que tendrán que esperar a la próxima legislatura. Uno de los proyectos que más le emocionan es el despliegue de la fibra óptica por las capitales de comarca, una piedra fundamental en la interconexión del territorio, algo que admira de Suiza, donde vivió durante más de dos años. En asuntos como el aumento de las listas de espera sanitarias, la respuesta siempre fue la misma: los recursos que genera Cataluña se los lleva “el hoyo negro” de Madrid.

Las circunstancias familiares durante su mandato han sido muy duras. Su esposa, Carola Miró ―con la que tiene tres hijos, uno de ellos identificado en una de las acciones de los CDR― sufre un cáncer muy agresivo. Uno de los pocos momentos en que Torra estuvo a punto de perder los papeles en público fue durante una intervención de la portavoz de Ciudadanos, Lorena Roldán, en el Parlament, en la que recordó que el cáncer de mama era el más frecuente en Cataluña. “Aunque no creo que sean capaces de empatizar ni lo más mínimo”, añadió. Fuentes de la formación naranja aseguran que desconocían la situación de Miró y después pidieron disculpas.

Los textos de Torra en varios periódicos digitales anteriores a su salto a la política le perseguirán de por vida. “España, esencialmente, ha sido un exportador de miseria, material y espiritualmente hablando” escribió en 2010. Pero, sobre todo, su mandato será recordado por la vía simbólica para intentar mantener vivo el procés. El ya expresident fabricó ratafía, un licor tradicional de destilación casera; se dejó ver calzando espardenyes, para dejar claro las raíces de senyor de Girona, y ayunó por los políticos en prisión. Su mayor frustración, asegura un estrecho colaborador, es “la falta de unidad entre los independentistas”. Los deja como los encontró. Sin una hoja de ruta compartida para lograr la independencia, sin un acuerdo táctico y echándose los reproches en cara día a día. Como pollos sin cabeza.

Leave a Reply