La pandemia acelera el camino al euro digital

Fabio Panetta, uno de los seis miembros del poderoso Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo (BCE), se preguntaba el pasado jueves en un acto virtual sobre el futuro de los pagos en Europa qué ocurriría si los consumidores se mostraran cada vez más reacios al uso del dinero en efectivo y los sistemas de pagos digitales extranjeros crecieran hasta el punto de desplazar al dinero doméstico. La respuesta se resume en dos palabras: euro digital. Esta iniciativa, que hasta hace poco sonaba a debate teórico de unos cuantos sabios, va poco a poco camino de convertirse en realidad.

La pandemia del coronavirus no solo ha revolucionado la economía y los hábitos de vida de medio planeta. También ha impulsado la querencia de los usuarios por los pagos electrónicos, un cambio que ha contribuido a acelerar los planes del BCE para lanzar su propia moneda digital. El organismo que encabeza Christine Lagarde acaba de lanzar una consulta pública en la que preguntará a todas las partes interesadas. Una vez disponga de toda la información, decidirá si se tira a la piscina o no. La idea es que este proceso dure unos meses, y que la decisión final se tome en la primavera de 2021.

“Las últimas propuestas de monedas digitales de bancos centrales son cada vez más pragmáticas. El debate se centra ahora en ofrecer una alternativa al dinero en efectivo, no en competir con los bancos en el negocio de los depósitos. Se ha descartado el anonimato, dejando claro que los usuarios de esta moneda deberán identificarse para evitar problemas como el lavado de dinero. Tampoco competirán con los bancos en servicios de pagos como la domiciliación de pagos”, explica Santiago Fernández de Lis, responsable de Regulación del BBVA.

El debate sobre las monedas digitales respaldadas por los grandes bancos centrales —un modelo que se aleja de criptodivisas como el bitcoin, que no cuentan con ningún organismo central que las controle y padecen una gran volatilidad— no es nuevo. El año pasado ganó impulso gracias —o por culpa de— los planes de Facebook de lanzar libra, la moneda que amenazaba con convertirse en un gigante de los pagos omnipresente. Fue en esa época, a principios de este año, cuando la presión de libra empujó al Banco de Pagos Internacionales a crear junto al BCE y a los bancos centrales de Inglaterra, Japón, Canadá, Suiza y Suecia un grupo para estudiar la creación de monedas digitales y analizar sus distintas opciones de diseño.

Pero las reticencias de reguladores y bancos centrales, que temían la capacidad de libra de erosionar la estabilidad financiera, forzaron a Facebook a rebajar su ambición. La idea evolucionó desde un proyecto de moneda digital con ramificaciones en el sector financiero global a una especie de red de pago vinculado a las monedas locales donde opere.

Una vez que la amenaza de libra parece haberse difuminado, la pandemia acrecienta ahora el rechazo de muchos ciudadanos a tocar cualquier cosa que haya pasado por otras manos, incluso el dinero. Pero no es solo el coronavirus. La tendencia ya venía de antes. El valor de las transacciones efectuadas con efectivo en la zona euro pasaron del 54% de 2016 al 48% de 2019, según los datos del BCE. “Nuestro papel es asegurar la confianza en el dinero. Eso significa asegurarnos de que el euro esté preparado para la era digital. Tenemos que estar preparados para lanzar un euro digital si surge la necesidad”, ha dicho la presidenta del eurobanco, Christine Lagarde.

Una vez descartados los modelos más radicales de euro digital que pudieran convertirse en un problema añadido para el ya castigado sector financiero europeo, los bancos españoles aguardan expectantes los planes del BCE. Fuentes de la Asociación Española de Banca dicen ver con buenos ojos que se proyecte un instrumento complementario al efectivo y al dinero bancario actual. “Y que el sector privado pueda, a partir de él, ofrecer nuevas propuestas de valor. Valoramos positivamente que se destaque el papel que tendría el sector privado en la prestación de servicios auxiliares y en el acceso al euro digital, que preferiblemente se realizaría a través de entidades supervisadas”, añaden estas fuentes, que también valoran la concepción de un posible euro digital “como un medio de pago accesible en toda la zona euro y no como un activo de inversión”.

Pese a la prudencia con la que el BCE aborda el debate, los peligros de un instrumento así son muchos. Los citaba el propio Panetta la semana pasada: riesgos técnicos (por la posibilidad de ciberataques y por la protección de la privacidad) y relacionados con su posible impacto en la actividad de los bancos, la estabilidad financiera y la política monetaria. “En una crisis bancaria podría producirse una fuga de depósitos de un país a golpe de un solo click. El riesgo es que la moneda digital se convierta en un vehículo de pánico financiero. Por eso es importante que el BCE analice todas las consecuencias antes de dar el paso”, sintetiza Fernández de Lis, que estima en unos cinco años un plazo “razonable” para sacar adelante el euro digital.

La zona euro ya va con retraso en la batalla de las monedas digitales. China ha tomado la delantera, y quiere presentar un proyecto en febrero de 2022, coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín. Países como Suecia también van más adelantados. “Es más importante abordar bien este fenómeno que hacerlo el primero. Y abordarlo bien significa no mirar solo a los posibles beneficios de una divisa digital sino también sus riesgos”, dijo este mes en un acto del FMI el presidente de la Reserva Federal de EE UU, Jerome Powell.

“La perspectiva de que bancos centrales como los de China o Suecia lancen sus propias monedas digitales ha acelerado los planes del BCE. El que finalmente salga a la luz o no dependerá, entre otros factores, de si se consolida el menor uso del efectivo. A algunos bancos centrales les preocupa que los medios de pago dependan de unas pocas empresas extranjeras, como Visa o Mastercard. La soberanía monetaria juega un papel fundamental. Es también una cuestión de prestigio ante la población: ningún banco central querrá ser el último”, concluye el responsable de Regulación del BBVA.

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